sábado, 1 de septiembre de 2012

Malena nació en su casa, naturalmente...

Testimonio
Por Daniel Arcucci | LA NACION
 
Para una mujer con genuinas inclinaciones naturistas y un hombre nacido en el interior acostumbrado a ser llamado por el apodo en la sala de espera del hospital, la sensación de afrontar un parto primerizo en cualquier centro de salud de la gran ciudad -donde sos número y no sos nombre- inquietaba más de lo habitual.
Nunca supimos, ni Diana ni yo, si fue el destino o nuestras ganas de encontrar un lugar que nos interpretara lo que nos puso enfrente, durante una caminata por Vicente López, aquella casa que invitaba a experimentar una forma de parto diferente. Ñu-Ñu, se llamaba.
Terminaba el verano del 89 y ya sabíamos que aquello que latía dentro de la panza desde hacía siete meses se llamaría Malena María, pero no sabíamos exactamente cómo saldría. Sólo sabíamos que nos inquietaban las palabras goteo, inducción, peridural, episiotomía? En Ñu-Ñu, en cambio, empezamos a escuchar otras, que podrían agruparse bajo una frase genérica: "Parto en casa" . Eso queríamos.
Faltaban sólo dos meses y hasta allí habíamos dado los pasos tradicionales. Teníamos nuestra clínica, nuestro obstetra y nuestras dudas. En Ñu-Ñu empezaron a disiparse con una respuesta que parecía mágica: "Ustedes van a saber qué hacer" . Si la madre está sana (y eso ratificaban los estudios) y sin temores (y eso revelaba la convicción), no había impedimentos para que todo fuera? natural.
Una familia experimentada, un médico, una partera. Ellos eran los referentes en aquellas reuniones, en las que escuchar el latido del corazón de Malena con un pequeño cono de madera era la referencia esencial, aunque no la única, sobre su evolución. Charlas para enfrentar los miedos y prácticas para preparar el cuerpo. Largas caminatas, de pie y también en cuclillas. Aquella frase inicial se complementaba con otra: "Hay mucho que ustedes pueden hacer para prepararse" .
Mientras tanto, se profundizaba en nosotros un concepto: no estábamos allí para competir en valentía. Por eso propusimos no hacerlo absolutamente solos, sino acompañados por la partera. Como en el campo, como había nacido mi mamá.
Un sábado, a las 5 de la mañana, Diana rompió bolsa. Hicimos entonces lo que habíamos aprendido. Visitamos a la partera para que estuviera atenta y para que certificara que todo estaba bien, y seguimos con la vida normal. Desayunamos, fuimos al supermercado. Nos instalamos en la casa, esperando que la intuición y las ganas la llevaran a Diana a elegir el lugar donde fuera a parir. Con las contracciones cada vez más seguidas, llegó también el dolor, que no se compara con nada y que ni el parto más natural evita. Apenas lo atenuó una inmersión en té de melisa. Controlar la dilatación había sido otro aprendizaje: bastante antes de llegar a diez fue momento de convocar a la partera. Con un detalle: aquellos no eran tiempos, aún, de teléfono celular.
Diana esperaba, resoplando y gritando, en el living, en cuclillas frente al sofá cama. A las seis y diez de la tarde, después de varios pujos, apareció Malena María, mínima y hermosa. No hubo cortes; sólo el del cordón umbilical, con la tijera de la casa, esterilizada en alcohol y fuego. No hubo baño, porque lo que embadurnaba el cuerpito de 2,450 kg era su mejor protección, y tampoco llanto provocado. En segundos, Malena se prendió a la teta materna, que seguiría alimentándola hasta el año y medio, y en minutos llegó el obstetra, para revisarla. Mientras, plantamos la placenta en una maceta: no hay mejor fertilizante para la tierra.
Llamé por teléfono a mi suegra, como si nada. Le pregunté en qué andaba; me respondió que estaba por ir al cine. Le dije si prefería venir a conocer a su nieta antes o después de la película. "¿¡Qué pasó!?" , me preguntó, alarmada por el supuesto imprevisto. "Nada -le respondí-. Simplemente nació."
Nació de una manera ideal para nosotros y seguramente temeraria para otros (aún recuerdo el enojo del "otro" médico cuando se enteró). Nadie tiene la receta perfecta, pero sí la opción: si una madre elige cesárea, porque así lo siente, está muy bien. Yo le agradeceré toda la vida a Diana haber tenido la convicción para convertirnos en padres, a los veinte y pocos años que teníamos, sin ser héroes ni locos, de la manera en que lo hicimos.
Muy lindo!!!
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