lunes, 4 de mayo de 2015

Perder a un bebé en Suecia


Una lectora nos envía su relato de duelo gestacional desde Suecia. Esta historia es un ejemplo de cómo la pérdida bien acompañada, en la que se da un espacio al bebé, permitiendo a la familia despedirse y realizar todo lo que necesiten en un momento tan duro ayuda a transitarlo. Gracias Kajsa-Lisa por compartir tu historia. Ojalá algún día en España la pérdida gestacional y perinatal se atiendan con la misma sensibilidad.

Me presento: Me llamo Kajsa-Lisa, soy sueca de nacimiento pero española de corazón. Hace año y medio que volví a Suecia con mis cuatro niños tras haber vivido más de nueve años en España. Aunque vivíamos en España, mis hijos han nacido en Suecia, por elección.

En abril del 2014 me quedé embarazada de mi nueva pareja. Llevábamos poco tiempo juntos y fue en muchos sentidos un embarazo difícil, pero a la vez muy deseado. Pasamos un verano duro, con fatiga y mareos. Problemas de adaptación y mucha pena, por no poder estar todo el tiempo con mis cuatro hijos. Pero después de largas y muy buenas charlas, nos sentíamos fuertes, afortunados y con muchas ganas de verle la carita a nuestro peque. Teníamos cita a principios de agosto, para la eco  de la semana 20 (que es la única que se hace en Suecia si no hay problemas que precisen un mayor control). Pero el 30 de julio empecé a sangrar. Después de cuatro embarazos, sabía que esto no era normal para mi cuerpo, pero esperé hasta el día siguiente a ver si se paraba. Por la mañana el flujo de sangre había aumentado y decidimos ir al hospital.

En el hospital nos atendió una ginecóloga muy amable. Nos hizo una eco y nos preguntó si queríamos mirar. Dijimos que sí, aunque al principio dudé. Enseguida me di cuenta que nuestro bebé no estaba vivo.

La ginecóloga nos lo confirmó, pero quería que lo viera también otro médico y nos dejó un momento, para ir a por su colega. Esto nos dio un momento para llorar a solas. Su compañero llegó y nos dijo, por supuesto, lo mismo, con una empatía y calidez que nos hizo sentir muy bien atendidos. Nos dejaron un rato más para asimilarlo y luego la primera médico se sentó con nosotros y nos dijo que por desgracia no tenían una cama en el hospital ya que la planta estaba cerrada por vacaciones, y que no sabía dónde y cuándo nos podía conseguir un sitio. Expresaba su impotencia por no poder darnos una respuesta en el momento pero prometía llamarnos en cuanto supiera algo.

Nos fuimos del hospital con una sensación de pena, incredulidad y rabia. Decidimos ir a almorzar antes de volver a por los niños que estaban en casa de unos amigos. En el coche ya de vuelta a casa, me di cuenta de que no sabía qué hacer si nacía la peque en casa y le dije a mi pareja que se lo teníamos que preguntar a la ginecóloga cuando llamara. No tuvimos que esperar mucho, ya que llamó a mitad del camino, para decirnos que nos había conseguido una cama en otro hospital y que podíamos ir para allá del tirón.

Dimos la vuelta al coche y por el camino, llamamos a la familia, a mi amiga del alma y a los amigos en cuya casa estaban los niños. Cuando llegamos al hospital, nos llevaron a la habitación y la enfermera que nos iba a atender empezó a explicarme cómo iba a ser, todo el proceso. En Suecia lo normal es dar a luz y en el hospital te dan medicamentos para acelerar el parto. Pero luego, te dejan el tiempo necesario y tú misma pides la ayuda que quieres. Me dieron las primeras pastillas. Luego nos preguntó si queríamos que le hicieran las huellas al bebé, si queríamos tener una ceremonia para darle un nombre, si queríamos hacerle la autopsia, si queríamos hablar con alguien, dónde queríamos enterarla etc.

No tuve mucho dolor. Eso me preocupaba un poco. Me daba mucho miedo pensar en lo que iba a pasar.

El parto duró más de lo que esperaba, pero al final, sentí que algo estaba saliendo y empecé a sangrar bastante. Me fui al cuarto de baño para cambiarme de ropa y cuando bajé los pantalones sentí como el bebé salía de mi cuerpo. Me habían preparado una bacinilla para ir controlando cuanto sangraba y allí salió mi peque mientras empecé a temblar y llorar como no había llorado nunca.

Mi pareja había llamado a las enfermeras y tres de ellas llegaron para abrazarme, consolarme con palabras y ayudarme a cortar el cordón. Yo ya había visto al bebé y sentía un dolor enorme e incontrolable.

Me ayudaron a cambiarme de ropa y me llevaron a la habitación, para esperar a que me trajeran a mi bebé muerto. Después de un ratito, llegó la enfermera con mi peque y un cartón blanco con las huellas de los pies y las manos. Nos dejaron el rato que quisimos y la pudimos acariciar y hacer fotos. ¡Era tan pequeña! pero estaba totalmente formada.

Al final, nos queríamos ir a casa para estar con el resto de mis hijos y dejamos a la pequeña Elsa con la enfermera. Al día siguiente nos llamaron de la iglesia dónde habíamos decidido enterrarla y ahora tenemos un sitio donde ir, para encender una vela y dejar una flor.

Dentro de todo lo duro, ¡estoy tan agradecida por haber tenido el trato que hemos tenido! Me han dejado espacio para poder llorar la pérdida de mi bebé, me han dejado tener recuerdos y me han tratado con el respeto, el amor y la empatía que todos nos merecemos en tal situación.

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