lunes, 20 de enero de 2014

Ser o no ser rebelde

lanacion.com |Revista Domingo 19 de enero de 2014 | Publicado en edición impresa

Transgreden convenciones sociales: no usan dinero, educan a los chicos en su casa, eligen estar desconectados; no quieren cambiar el mundo, sólo sentirse más libres. ¿Se puede vivir fuera del sistema?
Por María Luján Francos  | Para LA NACION
 
Mago Marruen.
 Foto: LA NACION / Dafne Gentinetta

Un freegano que se alimenta de las frutas que separa el verdulero porque a pesar de estar en perfectas condiciones no son aptas para su vidriera. Un matrimonio cuyos cinco hijos prácticamente desconocen un uniforme escolar y los nervios de un examen, porque hicieron la escuela en casa. Un hombre que vive en una ecovilla donde todo lo que se consume proviene de la energía eólica y solar. Un escritor que escribe todo a mano y es fanático del teléfono de línea, y que no fue ni siquiera a su propio casamiento. Y una mamá que eligió no vacunar a sus hijos. Todos ellos rompieron algún tipo de paradigma. Con todo lo que eso implica.

Pensar y elegir con un amplio nivel de conciencia parece ser el común denominador de las personas que eligen vivir de un modo diferente al tradicional, al menos en alguno de los tantos aspectos posibles de la existencia.

Si bien cuando uno piensa en rebeldía, lo primero que aparece en el imaginario colectivo es un viaje en el tiempo a los años 60, el libro Los nuevos rebeldes (Debate, 2013), del filósofo Luis Diego Fernández, hace referencia a quienes buscan su libertad en lo cotidiano a través de diferentes maneras de resistir. Dejando de lado las grandes revoluciones, parece que la posibilidad de elegir las cosas de todos los días plantea una vida a priori más libre.

"Me percibo imbuido en estas visiones donde la libertad es algo a producir en lo pequeño y vincular, en la vida cotidiana. No encuentro que sea viable la filosofía libertaria de mercado (nunca lo fue históricamente) en un plano de gran escala, a nivel país, incluso es contradictorio plantearlo de ese modo, ya que es una matriz fuertemente antipolítica y crítica de toda gran estructura. La concepción libertaria en la que deposito mis esperanzas tiene dos ejes capitales: la educación y la ética", se puede leer entre sus páginas.

Para el filósofo Darío Sztajnszrajber, cualquier análisis de rebeldías sociales se tiene que poder comparar con los 60, cuando las grandes rebeldías fracasaron. Entonces, frente a la frustración de propuestas revolucionarias se puede elegir no hacer nada por cambiar al mundo o generar pequeñas transformaciones. "Pequeñas transformaciones localizadas pueden generar cambios concretos en las condiciones de vida de quienes las ejercen. La historia cambió por los que se van animando a transformarla -sostiene el docente de Filosofía de Flacso y la UBA-. Me parece celebrable que haya gente que plantea pequeñas revoluciones en sus condiciones de existencia. Suele ser incomprendida."

"Para ser freegano puro, hay que vivir fuera del sistema", dice Mago, de 43 años, que optó por esta forma de vida hace más de 20, aunque conoció el término en los últimos tiempos. Vivir casi al margen del mercado no parece algo posible, sin embargo él casi lo logra en su día a día. Se traslada en bicicleta todo lo que puede y no incluye en su vida nada vinculado con el maltrato animal, desde la alimentación hasta las opciones para el entretenimiento, donde quedan descartados lugares como circos, zoológicos, delfinarios y carreras de caballos. Incluso en el aseo personal y en su vida en general deja de lado las marcas que prueban sus productos en animales. Y en la vestimenta, no se permite usar plumas, cuero ni lana.


El freegano entiende que hay muerte y explotación animal aunque sea en comprar frutas en una verdulería, porque esas frutas o verduras fueron rociadas con pesticidas y agroquímicos que más allá de hacernos mal a nosotros, mata un montón de insectos y animales", explica.

El movimiento freegano comenzó a mediados de los 90, y su palabra es el resultado de la contracción en inglés entre libertad y vegano. Por elección y no por necesidad, quienes forman parte de este grupo prácticamente no compran comida, sino que comen lo que otros desechan y que está en buen estado. En la misma línea, están en contra del consumo en general.

Su dieta se basa en frutas. Su verdulero separa en un cajón las que no tienen tan buen aspecto, pero que están en perfectas condiciones para el consumo. Comida que terminaría en la basura, la aprovecha para no sumar más desechos a las 25 toneladas de comida que -cuenta- se tiran por día en el país y que servirían para alimentar unas 600 mil personas. "A las bananas que están marrones las saca a un cajón. Si son amarillas, con las puntas verdes todavía están ácidas. Las manchas marrones simbolizan que el almidón se está transformando en glucosa y es ahí cuando a nosotros nos sirve. Doña Rosa no la va a comprar así y a ellos les da mal aspecto al negocio", explica el acuerdo tácito que favorece a todos.

Vistiendo una remera que alguien tiró a la basura, su cuerpo lleno de tatuajes y un colgante de orgonita que tiene la función de absorber las ondas de wifi, celular y demás, elige un lugar al aire libre para conversar en pleno Palermo. Y cuenta sobre el fenómeno de las gratiferias, donde uno puede ir y llevarse lo que quiera. gratis. Una licuadora, una bicicleta, ropa, en fin; lo que uno necesite. Al principio pensaba que la gente se iba a llevar todo, pero fue una grata sorpresa descubrir que enseguida incorporaron el concepto de desapego que está detrás de estas ferias que se llevan a cabo en 500 puntos de la Argentina y en 5000 del mundo. "No me siento superior a nadie, sí me siento más libre que otras personas", comenta.

"Los freeganos realizan una protesta frente a la sociedad capitalista donde las personas están siendo tomadas como objetos. Denuncian una necesidad de que encontremos opciones menos objetalizadoras de la gente", comenta Harry Campos Cervera, médico psicoanalista de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y psiquiatra.

SIN UNIFORMES NI TIMBRE DE RECREO

¿No fueron al colegio? ¿Y terminaron la universidad sin problemas? ¿Tienen amigos? ¿Cómo era un día de sus vidas?

Surgen preguntas y más preguntas frente a Daniel y Silvia Baker, que eligieron homeschooling, la educación de sus cinco hijos en casa, lejos de los pizarrones, uniformes y compañeros de colegio. Siguiendo la más estricta currícula estadounidense, sus chicos estudiaban unas seis horas por día. Era una rutina flexible, en la que se interponían viajes, que ellos volverían a elegir sin dudar.

"Quizá la palabra rebelión es un poco fuerte, más bien el sentir que nos impulsó a nosotros fue no dar nada por hecho. Es decir, si todo el mundo va para allá, no necesariamente significa que yo también tengo que ir para ese lado -reflexiona Daniel-.Al tener nuestros hijos, nos planteamos cada cosa que fuimos eligiendo, no sólo el tema educativo de la escuela, sino qué es mejor para su futuro. En muchas cosas dijimos yo no veo que esto sea útil o que los recursos estén maximizados de esa manera. Entonces, en aspectos como con el televisor, consideramos que no iba a ser útil para la crianza y nunca lo pusimos."

"Preferimos que aprendan música, idiomas, que viajen, pero no creíamos que era productivo un nenito frente a la tele por horas todos los días", detalla Silvia, y recuerda que para poder estimular intelectualmente a sus hijos durante los primeros años se compró varios libros de estimulación temprana y se educó muchísimo.

No pasaron por jardín de infantes y mucho menos por una guardería. Los más grandes tuvieron la experiencia en una escuela rural, con 16 alumnos en toda primaria y luego vino la posibilidad de vivir en los Estados Unidos. Es que Daniel había conocido allí un hombre que también tenía cinco hijos a los que educó en su casa. "Allá era normal, en 1999 había tres millones de alumnos homeschoolers", cuenta él mientras recuerda que sintió que encontraba "el eslabón que faltaba" cuando conoció este sistema de enseñanza tan organizado en aquella época en los Estados Unidos.

"Para mí, la escuela era ridícula. No la disfruté para nada. Me llevaba las materias y las daba en diciembre, estudiaba diez días y aprobaba. Yo resistía el sistema. Pero mis hermanos eran abanderados -recuerda Daniel-. La parte académica nunca me costó. Hoy pienso que los requerimientos son mucho menores que cuando nosotros íbamos a la escuela, entonces me parece todavía más positivo esto."

"Es un modelo bastante aplicado en Estados Unidos. El colegio no solamente cumple una función educativa sino también una función social y socializadora. Uno tiene que encontrar la forma de que estos chicos vayan adquiriendo una pertenencia social", retoma Campos Cervera.

El tema social no parece haber sido un problema para los Baker, que terminaron o están por terminar la universidad. A excepción del más chico, Bentley, que a sus siete años habla y escribe en inglés y en español sin problemas.

"No sé si la educación en el hogar crecerá especialmente pero sí creo que irán desarrollándose proyectos de crianza colectiva. Las mujeres hemos desarrollado estas estrategias por mucho tiempo, a partir de las redes que se creaban con las abuelas, vecinas, amigas. Hoy vuelve a hablarse de la necesidad de esta red que el individualismo capitalista precarizó", explica Karina Felitti, historiadora e investigadora del Conicet.

"EL CELULAR ES UNA PEQUEÑA TRAGEDIA"

El escritor Martín Kohan tiene una relación particular con la tecnología. En pleno siglo XXI, se considera fanático del teléfono de línea y de Graham Bell. Tiene el modelo más antiguo de celular existente -eso sí, con los colores de Defensores de Belgrano, eso lo tentó-, elige vivir sin Internet en su casa y su televisión ha tomado el rol de un gran cuadro negro entre sus muebles. Su forma de trabajo: escribir a mano y en cuaderno absolutamente todo, desde los libros, para los que elige lapicera de tinta y cuadernos tapa dura, hasta sus columnas de opinión. Todo a mano, incluso las correcciones. Mucho más tarde pasarán sus creaciones por la notebook que le regaló su mamá (quien finalmente logró convencerlo apelando al cambio del paisaje hogareño: no tendría ya la computadora de las viejas constantemente a la vista). Claro que su notebook vive en el placard -"No salió del closet", dice entre risas- y sólo lo acompaña como máximo una vez por semana cuando se instala en los bares, sus lugares favoritos.

Nada sorprenderá más que su declaración al pasar: "No fui a mi casamiento". ¿Cómo? Exactamente eso, no fue a su casamiento en 1991. Su mujer tampoco. Lo organizó su mamá para agasajar a los amigos y familia. No le gustan las reuniones de más de tres personas. De a dos puede ser verborrágico, hasta de a tres. Cuatro es multitud. Ni hablar de una fiesta que lo tendría de protagonista. "Parece que estuvo buena", le contaron sobre el festejo al gran ausente. Ya logró que sus amigos no se ofendan por no aparecer en sus cumpleaños.

"Soy un anticuado, las innovaciones tecnológicas no me tentaron -explica-. El celular es una pequeña tragedia para mí. Soy muy reacio al celular, yo estaba feliz sin tenerlo, pero no estaban felices las personas que tienen conmigo una relación afectiva: madre, esposa, madre de hijo", remata.

No se considera rebelde, aunque asegura que el consumo se basa en fabricar la necesidad. Y si hay alguna forma de resistencia en él es tratar de detectar sus necesidades genuinas frente a la continua creación de necesidades. Esto va desde las golosinas hasta la tecnología. "Voy dos pasos atrás, debo haber sido el último en el mundo que usó los diskettes grandes y blandos."

En un mundo donde la fobia a estar sin celular ya tiene un nombre, nomofobia, y donde existe en Los Ángeles, Estados Unidos, un restaurante (Eva) que desafía - con un descuento del 5 por ciento- a los adictos a la comunicación móvil a que se atrevan a dejar sus aparatos durante sus comidas en manos de la recepcionista, sigue soprendiendo un modo de vida diferente.

Ni hablar de la vida sin televisión en plena era de las multipantallas. Pero son varios quienes transitan la vida a su manera.

En la zona de Navarro, a unos 120 kilómetros de Buenos Aires, Gustavo Ramírez vive en la ecoaldea Gaia, junto con su mujer y cofundadora Silvia Balado, su hijo y algunas personas más. Toda la energía que usan es solar y eólica, las más renovables de todas las energías. Allí, el contacto con la naturaleza es total y el cuidado de la misma impulsa cada una de las acciones cotidianas. "Todo es muy intenso, nos visita gente de todas partes del mundo para llevar sistemas permaculturales a diferentes lugares", explica.

En esta ecoaldea funciona el Instituto Argentino de Permacultura, término que desarrollaron en los 70 Bill Mollison y David Holmgren, en Australia. Es una contracción de permanente agricultura y cultura que intenta encontrar la mejor manera de integrar la vivienda y los sistemas de energías, con las plantas, árboles y animales del entorno.

"El día a día es compartir estrategias de agricultura más eficiente y de forestación. Empiezo a la mañana y sigo en reuniones, coloquios con los diferentes temas", cuenta Ramírez, que vive en una casa bioclimática. Juntar leña, sembrar, realizar construcciones bioclimáticas con la técnica de modelado directo sobre las paredes, y cocinar, por ejemplo, un guiso de lentejas o de arroz en la cocina solar forman parte de las actividades de quienes viven en esta ecoaldea.

SIN VACUNAS

Una mamá que además es puericultora, no vacunó a sus hijos una vez que salieron del sanatorio donde nacieron. Hija de un médico que siempre la consideró rebelde, Silvia Solá, de 36 años, eligió para sus hijos Tomás (10) y Pilar (9) el camino de la homeopatía, y no aceptó ninguna de las vacunas. Tampoco para ella, que trabajaba en centros de salud y la perseguían para aplicarle, por ejemplo, la de la gripe. Sin éxito.

"Mis hijos sólo recibieron la BCG en el sanatorio y ninguna vacuna más en su vida. Han recibido algo que no es vacuna, en homeopatía hay cosas que refuerzan por ejemplo la defensa contra la hepatitis B", comenta.

Esta polémica decisión la obligó a mentir en el colegio de su hijo, cuando le exigieron que presentara el calendario de vacunación al día. Dijo que lo había perdido, y su médico le firmó un certificado que decía que su hijo tenía las vacunas al día. "En realidad no mentí, mi hijo estaba cubierto según su médico", dice. Con Pilar fue más fácil, porque va a una escuela experimental con una pedagogía propia, de enseñanza natural personalizada. El director es un docente Waldorf y lo que propone es un equilibrio en la enseñanza.

"El grado de conciencia no tiene que ver con tomar una postura cerrada, sino con reflexionar sobre las posibilidades. Así uno puede involucrarse un poco más en todo esto y no actuar en forma automática", detalla la puericultora que da charlas para embarazadas y de posparto. También tiene la formación de doula, pero no está ejerciéndola en este momento. "Requiere de una disponibilidad que en este momento está para mis hijos."

Para Campos Cervera, los padres que no vacunan a sus hijos y que creen en la homeopatía están en una categoría diferente de rebeldía que la de los freeganos, por ejemplo. "Tienen reglas que son las de la homeopatía, tienen un orden, un criterio, una forma de pensar, no lo hacen ellos mismos."


LIBERTAD, ¿UNA UTOPÍA?

"Creo que todos tenemos posibilidades de crear nuestra propia libertad siempre que no cercenemos la libertad de otros. Tengo mucha esperanza en el ser humano, me parece que es excepcional, pero puesto en una sociedad es complejo", concluye Campos Cervera.

Para Sztajnszrajber, la libertad tiene que ver con entender que todo puede ser de otra manera, eso incluye a los rebeldes. "Me parecería muy importante que el principio de apertura no se traicione", sentencia.

Hay quienes se preguntan si es posible vivir por fuera de las instituciones. "No podemos pensar en personas aisladas construyendo sus propios mundos simbólicos por fuera del sistema, simplemente porque el sistema no existe tal como lo imaginamos, sino que lo que existe es un conjunto de recursos simbólicos potencialmente contradictorios. Por eso, la pregunta por las instituciones es engañosa, porque tiende a plantear a la institución como un espacio con fronteras delimitadas frente al cual es posible estar fuera -explica el sociólogo e investigador del Conicet Damián Setton-. Pero si pensamos que existen ambientes institucionales complejos y contradictorios, no sólo vamos a ver que no es posible vivir por fuera del mismo, sino que no vamos a necesitar recurrir a la imagen heroica del sujeto anti-institucional o anti-sistema, que no sólo es sociológicamente mentirosa, sino que resulta en una forma de autoengaño por parte de aquellos que creen estar afuera y están metidos totalmente."

"Es imposible vivir al margen de las instituciones y es necesario. Es una paradoja y me banco la paradoja", asegura Sztajnszrajber.

 
Mago Marruen.
Foto: LA NACION / Dafne Gentinetta
Mago Marruen
Freegano. Tiene 43 años y es mago, malabarista y acróbata. Cambió el nombre por Mago en el DNI
Fuera del sistema. Por decisión y no por necesidad, los freeganos prácticamente no compran comida, consumen lo que otros desechan, si está en buen estado. Están en contra del consumo en general.
Dinero . "Antes era un medio para conseguir lo que necesitaba. Ahora es un papel pintado que hace mucho daño."
Gratiferias. Son ferias donde todo es gratis. "Explicamos el concepto de desapego. Hay ropa fabricada para sesenta humanidades y se tiran 25 toneladas de comida diarias."
Tatuajes . Entre otros, tiene un trébol. "No creo en la suerte, sí en la física cuántica; en que lo que creemos, lo creamos".





Silvia Solá.
Foto: LA NACION / Dafne Gentinetta
Silvia Solá
Puericultora, de 36 años. Vive en Villa Adelina. Mamá de Pilar y Tomás. Eligió no vacunarlos
No vacunación. "Esta idea viene de mucho antes de la existencia de mis hijos. Soy hija de un médico muy estricto en relación con vacunas y medicación, y descreído de las terapias alternativas, la homeopatía, las flores de Bach y demás cosas fuera de la medicina tradicional. Siempre para sus ojos fui rebelde y hemos tenido opiniones encontradas."
Trabajo. Silvia da charlas de preparto para embarazadas, quienes pueden escuchar algo más desestructurado. También, de posparto. Hace diez años que se dedica a esto.
Homeopatía. "Mis hijos sólo recibieron la BCG en el sanatorio y ninguna vacuna más en su vida. En homeopatía hay cosas que refuerzan por ejemplo la defensa contra la hepatitis B".
Decisión. "Nunca me vacuné. Me ha pasado de estar trabajando en centros de salud o laboratorios y me perseguían con las vacunas de la gripe. La decisión la tiene siempre cada uno, no es necesario acatarla, es simplemente una propuesta."
 
Martín Kohan.
 Foto: LA NACION / Dafne Gentinetta
Martín Kohan
Escritor, doctor en Letras y docente. Vive lo más desconectado posible y se considera un anticuado
Off line. Sin Internet en su casa, chequea el e-mail en locutorios. No usa redes sociales. "No tengo Facebook, Twitter ni blog porque no tengo nada que decir. Aunque tenga opiniones, no me parece que sean especialmente interesantes."
Vieja escuela. "Todo lo escribo a mano, no sólo los libros, también las columnas periodísticas, los artículos académicos. Escribo a mano y después lo paso. La diferencia que aparece con los libros es que los escribo con lapicera a tinta. En cuadernos tapa dura, hay como un ceremonial un poco más específico."
Sin TV. Tiene el aparato, pero como un mueble más, sin uso. "No soy militante de nada de estas cosas. No creo que la tele sea buena ni mala."
Con cable... telefónico. Se asume fan del teléfono de línea. "Tiene esa combinación de intimidad y ausencia... El celular no repone eso en absoluto, tiene interferencia, hablás en la calle. El grado de intimidad que suponía para mí hablar con una amiga desde la cama es muy superior al cara a cara."

Daniel y Silvia Baker.
 Foto: LA NACION / Dafne Gentinetta
Daniel y Silvia Baker
Eligieron homeschooling: la educación de sus cinco hijos en casa, lejos de los pizarrones, uniformes y compañeros
Familia. Se conocieron a los 8 años porque sus familias eran amigas. Ella fue su primera novia y se casaron a los 24. Ya cumplieron 27 años de casados. Son padres de cinco hijos, a los que educaron en su casa: Iván, de 26 años, Yazmine, 24, Michelle, 20, Cristal, 17 y Bentley, 7.
Independientes. Ella es nutricionista. Él, licenciado en Administración y Comercialización de Empresas. "Ni nuestra carrera ni nuestros objetivos económicos fueron la brújula en nuestra casa. La brújula ha sido pensar que es posible en los siglos XX y XXI edificar un hogar sin caer en todas las trampas en las que cae la mayoría de los hogares."
Formación. Leían unos 25 libros en el año, discutiéndolos. "Le dimos mucha importancia a que puedan expresar lo que sienten, lo que creen."


Gustavo Ramírez.
Foto: LA NACION / Dafne Gentinetta
 Gustavo Ramírez
Médico veterinario, vivió en Buenos Aires y Bariloche, hasta crear la ecovilla Gaia, en Navarro, basada en herramientas de permacultura.
Día a día. Se comparten estrategias de agricultura y forestación. El cien por ciento de la energía de la villa es sustentada por viento y sol.
Comunidad. Nueve personas viven en la ecoaldea y hay, además, treinta socios que participan algunos días por semana.
Alimentos. La mayor parte de los alimentos se produce allí. Se cultivan más de cuarenta especies de frutas, algunos lácteos, hongos, productos agrícolas. "Tenemos cocinas y hornos solares. En pleno invierno, se cocina sin problema."
Construcciones bioclimáticas. "Vivimos en viviendas con paredes de barro, hechas a mano con la técnica del moldeado directo."

UN TRATADO ESCRITO EN FRANCÉS

El filósofo francés Michel Onfray defiende, en Política del rebelde. Tratado de resistencia e insumisión , el proyecto hedonista ético y encuentra en sí mismo que la anarquía lo acampañó desde su infancia, cuando sus padres lo llevaron a un internado.
"Me resulta insoportable la autoridad, invivible la dependencia e imposible la sumisión. Las órdenes, las exhortaciones, los consejos, las solicitudes, las exigencias, las directivas, las conminaciones, todo eso me paraliza, me perfora la garganta, me revuelve las tripas. Ante cualquier mandato vuelvo a sentirme en la piel del niño que fui, desolado por tener que recorrer nuevamente el camino del internado para pasar allí la quincena que había terminado por ser la medida de mis encarcelamientos y mis liberaciones".

Producción: Dolores Saavedra
Asistente de producción: Andreína Méndez

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