martes, 11 de diciembre de 2012

La huella más profunda por Sergio Sinay


Domingo 07 de febrero de 2010 | Publicado en edición impresa
Oxígeno / Diálogos del alma
Por Sergio Sinay
    
Señor Sinay: Somos el producto de nuestra capacidad de sentir, de nuestro entorno, de nuestro lugar de nacimiento, de nuestra educación. Somos el producto de algo que traemos al nacer que nos hace únicos e irrepetibles. En distintas situaciones me pregunto ¿cómo llegó tal o cual persona a ese momento de felicidad? Trato de conocer su pasado para poder de alguna forma entender su felicidad y nunca encuentro algo que la justifique, es decir, no encuentro el origen de la felicidad. Me considero un hombre muy afortunado que disfruta de la vida. La felicidad es algo que  todos tenemos que experimentar y procurar que se transforme en una constante. ¿Esto se puede enseñar? ¿Se puede enseñar a ser feliz?
Matias Calvo

Decía el pensador y médico austríaco Victor Frankl que hay una sola cosa que el ojo no puede ver. No puede verse a sí mismo. Quizás eso ocurra con el origen de la felicidad. Las únicas personas que no la persiguen desesperadamente ni piensan continuamente en ella, ni procuran aferrarla como a una presa codiciada para que no se escape, ni hacen sesudas disertaciones sobre la cuestión, son las personas felices. No son felices para mostrarse ni para verse como tales. Al igual que el ojo, que no se ve a sí mismo pero siente la luz que le llega o el agua que lo refresca, la felicidad no se define a sí misma ni se estudia desde afuera. Se siente.

Si se pudiera enseñar a ser feliz, como se pregunta nuestro amigo Matías, ello significaría que la felicidad es una meta y que existen técnicas para alcanzarla. Pero habitualmente quienes se lanzan tras ese objetivo suelen terminar abonados a la insatisfacción, al disgusto, a la infelicidad. Esto resulta así porque la felicidad surge como consecuencia de una manera de vivir, de relacionarse, de trabajar, de amar. Es una consecuencia. Quienes honran sus valores con actos, quienes encuentran en su vida un sentido y lo plasman en acciones, son felices. En este sentido puede decirse que la felicidad es una huella, y las huellas nunca anteceden a los pasos del caminante, sino que van quedando como testimonio de su andar. El gran novelista estadounidense Nathaniel Hawthorne (1804-1864), autor del clásico La letra escarlata, lo dijo de un modo simple y bello: "La felicidad es como una mariposa que, cuando se la persigue, siempre está fuera de nuestro alcance: pero si te paras y te sientas en silencio, podría posarse encima de ti". Esto remite, a su vez, a un pensamiento del filósofo chino Confucio (551-479 a.C.), para quien "el hombre sabio busca lo que desea en su interior; el no sabio, lo busca en los demás". Buscar la felicidad en el exterior de uno mismo lleva a confundirla con el placer o la satisfacción. El placer se agota en cuanto se lo alcanza, y pide cada vez dosis mayores. Confundido con felicidad, deja una estela de vacío. El placer es un efecto, explicaba Frankl, y su constante persecución puede considerarse como una búsqueda neurótica (eterna repetición de un mecanismo que no trasciende de sí mismo ni genera sentido).

En La psicoterapia al alcance de todos (un pequeño y sustancioso libro que selecciona algunas de las imperdibles charlas radiofónicas que el creador de la logoterapia dio durante cinco años en Viena), Frankl señala que el ser humano no busca la felicidad, sino un motivo para ser feliz. Y este motivo aparece cuando la persona ejerce su voluntad de sentido, cuando descubre ese sentido en su vida. Frankl hablaba de realizar el sentido. Lo vinculaba a acciones concretas, actos en los que, inevitablemente, el otro está presente. El sentido de una vida no se declama, se plasma en hechos. El sentido es verbo. Decía el filósofo alemán Emanuel Kant que no se trata de buscar la felicidad, sino de ser digno de ella. Una vez más, esto es una realización, una cadena de acciones, un modo de estar en el mundo y desempeñarse en él. Quizás, contra lo que suele decirse, la felicidad no sea un derecho, algo que se nos deba por el solo hecho de que estamos aquí. Jaume Soler y Mercé Conangla la describen, en La ecología emocional, como una manera de viajar y no como un destino, y señalan que depende de cómo vivimos las cosas antes que de las cosas que vivimos. El modo de vivir y la forma de viajar son responsabilidad de cada persona. Toda responsabilidad es individual e intransferible. Y la felicidad no arraiga si no es ahí.

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