jueves, 19 de septiembre de 2013

Parto con Francisco Saraceno, partero



Es una fresca y soleada tarde de junio. La casa de Fran, en Floresta, es un gran útero: cobija, contie­ne, da lugar, florece y engendra vida. El árbol de palta en el patio, inundado de frutos, es apenas un preámbulo. En las habitaciones hay rastros evidentes, objetos y símbolos que refieren a su trabajo diario. Libros, dibujos de mujeres parien­do, fotos de bebés y embarazadas, esculturas aborígenes que rescatan las funciones ancestra­les. “Esta casa se arregló en 45 días con la ayuda de muchos padres y madres a los que acompañé. Unos pintaron, otros donaron cosas, una amiga hizo las cortinas, un papá vino a poner el aire acondicionado, otros arreglaron cosas”, cuenta mientras nos lleva a recorrer cada uno de los rin­cones de su madriguera.

¿Por qué elegiste ser partero?
Porque me sentía muy cómodo con ese rol, lo venia sintiendo desde hacía mucho tiempo y, en cuanto pude, decidí darle un marco de legalidad y entrar a estudiar obstetricia en la Facultad de Medicina en la UBA. Pero desde los 9 años que tuve claro que quería ser lo que soy. Ya entonces, empezaba molestar y a visitar ciertos lugares o a cierta gente para poder aprender, leer e inves­tigar. Mi mamá, por su historia, su nacimiento, nuestros nacimientos y nuestra crianza, tuvo mu­cho que ver.


¿10 años después, qué cambió en la facultad?
Yo cuestionaba todo, desde por qué había médi­cos y no parteros dándonos clase. Pero también fui muy cuestionado por ser hombre. Tuve en­contronazos con profesores porque me trataban como una nena. Pero apenas terminé la facu, me convocaron para dar una charla vocacional. Hubo un cambio rotundo: de no existir parteros hom­bres pasaron a que fuese un hombre el que daba la charla. Ahí me fui metiendo hasta llegar a dar clases. Las cosas van cambiando. Con paciencia, se logran las cosas. Comencé dando Introducción a la obstetricia y ahora doy Salud mental.

¿Cómo es ahora tu vocación?
Hay cosas que uno las sabe y otras que están en el inconsciente y me tocaron, que no las se. Para mí, en concreto, hay una historia y una crianza que me despiertan un lado femenino muy a flor a piel. Además, tengo una vocación de servicio bastante importante y también me atraviesa la religión en todo esto. Esta cuestión de ponerme en el lugar del otro, de dar todo por el otro y de estar con las personas que más necesitan, como las embaraza­das. Que para mí es un placer. Compartir el naci­miento es un milagro, un flash, 
algo inentendible.

¿Cuándo empezaste ya sabías que querías tra­bajar con partos en casas?
Todo lo que fuese en casa, me llamaba. Lo que más me gustaba era la imagen de ser el partero del barrio, como el partero del pueblo. Pero no venía todavía con la militancia de parir en casa. Sí había algo de mi historia que no me cerraba, por­que yo viví en la casa donde nació mi mamá. Ese relato me acompañó. Y también los cinco emba­razos de mi mamá, dos los perdió, y todo porque ella era negativa y nadie se lo había dicho. A ella le recontra resonaron las cesáreas, no es que las entendió fácilmente. Después, estudió la carrera a la par conmigo y sanamos un montón de heridas juntos. No se recibió, pero leía y estudiaba conmi­go. Y es el día de hoy que cada vez que me voy a un nacimiento le aviso y cuando salgo le cuento.

¿Contanos cómo fue el primer nacimiento que acompañaste?
El que asistí yo solo fue en el Hospital Fernandez, cuando ya estaba en la carrera. Porque como alumno fui bastante molesto y pedía todo el tiempo estar en un nacimiento. En ese primero llorábamos todos: lloraba la madre, lloraba yo, lloraba el bebé. No lo podía creer pese a haberlo visto muchas otras veces. Ver que de esa vagina salía una cabeza…

¿Cuántos partos asististe hasta hoy?
Son un poquito menos de 2000 familias que llevo asistidas en 11 años. 

¿Cómo surge el equipo de Parir en casa, el gru­po con el que trabajás?
Nace hace seis años, quizás un poco más. Vendi (Vendela Chignac) y yo ya nos conocíamos. A mí se me abrió una mirada muy feminista, me puse recontra militante y después empezó la carrera en la facultad. Entonces había una casa, en Flori­da, Zona Norte, que habían fundado Vendi, Ale­jandra Mazzeo Y Marina Lembo. Para el tiempo que entré yo, llegó también Naty (Bronfen). Lue­go Marina se va y entra una camada de parteras nuevas, mucho más chicas. Entre ellas se mata­ban y la casa explotó. Así que, por afinidad, nos quedamos Vendy, Naty y yo. Y armamos el gru­po. Vendi después pare de vuelta y nos queda­mos con Naty. Nos gustaba mucho acompañar a cada persona en su casa pero también sentía­mos la necesidad de generar una casa para los que no la tenían. Hay gente que viene viajando y pare acá, gente que está de paso. De ahí nos fuimos a otra casa en Capital, aprovechado que Vendi estaba recontra puérpera. Primero estuvimos en microcentro, de ahí nos fuimos a Almagro y ahora tenemos esta casa en San Tel­mo. Ahí centralizamos todo, las entrevistas, los talleres, los testimonios. No llega a ser una casa de nacimientos porque acá eso no existe ni está habilitada, pero la idea es ir un poco por ahí.


 ¿Qué te hacía ruido de los partos en institución?
Muchas cosas. No es un lugar fácil. Tienen pro­tocolos y normas y yo no me caracterizo por ser una persona que se rige por protocolos. Enton­ces lo sufre uno como profesional, lo sufren las mujeres pariendo, las familias que están afuera. Siempre pese al dolor, está bueno encarar este momento desde el disfrute. Porque este mo­mento es único. Por ahí no se repite y si se repite quizá no es de la misma manera. No es que me desagrada ni tengo nada contra el hospital, pero sé que no soy la mejor persona para estar ahí. Yo quise cambiar algunas pautas y no me dejaban. Lo que tiene que ver con la posición horizontal para parir es tremendo. O que no puedan parir acompañadas. Cuestioné un montón de cosas y por eso me terminé yendo.

¿Qué cambios planteaste y no te dejaron?
Al ser hombre y ser el primero, al principio me escucharon mucho. El machismo ese me cayó como anillo al dedo porque por solo por ser hombre no me cuestionaban. Y tampoco me cuestionaban porque, a pesar de que puedo tener formas extrañas o que no gusten, amo lo que hago y eso se nota. Y Pero me cuestionaba en los hospitales porque yo era amigo de las em­barazadas. Para mí el vínculo es genial y necesa­rio. Hoy tengo 9 meses para generar ese vínculo hasta llegar al parto pero entonces era una guar­dia, una noche como mucho, un rato. Entonces hacía cualquier cosa para que una embarazada se sintiera cómoda. Asistí a una mujer de Suiza y me aprendí antes todo lo de Suiza. De Bolivia acompañé a muchas mujeres y estaba al tanto de costumbres, gustos y comidas, tratando de mimetizarme. Yo cuestioné porque no se podía atender en la plaza y me iba a atender a la pla­za. Escribía los derechos en las remeras, pintaba las paredes de los hospitales. Reconozco que fui muy hincha. En Laferrere clausuré la puerta del quirófano y escribí: pensá dos veces lo que vas a hacer. En la sala de partos sigue un cartel que dice: antes de entrar acá deja la violencia en el tacho de basura. Cuestioné que había que usar ambo y dejé de usar ambo. Y siempre me visto parecido a ellas, porque quiero que me vean como un par.

Son importantes esos vínculos que se generan ahí… ¿Algunos te quedan después?
Que mi casa esté hecha por embarazadas y sus familias lo dice todo. Creo que mucho tiene que ver con no ponerme en el lugar de la sabiduría. Yo tengo algo para aportarles tanto como ellas lo tienen para mí. Desde ahí se construye algo muy natural. Y yo acompaño en lo que toque. Si hay que cocinar, cocino. Si hay que limpiar, limpio. En el último hospital en el que trabajé, en Laferre­re, lo que más hice fue cocinar y elegir todas las noches a alguna embarazada y comer con ellas. ¿Por qué yo tenía que comer en otro lugar? ¿Por qué yo no podía cocinar o repartir la comida? 

 ¿Cómo es tu forma de trabajar? ¿Dónde termina tu trabajo?
Hoy justamente le decía a la mamá de Trayen: “Yo te acompañé, así que a partir de ahora te puedo ayudar y acompañar el resto de tu vida”. Y ella me dijo: “yo también a vos”. Porque es un vínculo recíproco.

Vos trabajás mucho con gente que quizá no puede pagar el parto en casa, ¿Cómo hacés en esos casos?
Yo acompañé tanta gente en Nordelta como en la 1.11.14. Y te puedo asegurar que tenían las mismas dudas, las mismas ganas de parir. Obvia­mente no pagaron de la misma manera. Algunos fueron haciendo cosas en lugar de dar plata. Ten­go gente que me hace ropa, gente que me hizo la casa. Eso es un ida y vuelta. Lo importante es que de verdad esté al alcance de todos. Uno puede parir como quiera, donde quiera y con quien quiera y no debería haber una traba económica para eso. Esa fue mi primera pelea, porque no puede ser que escribas un libro sobre algunos va­lores pero no te movés de tu casa si no te pagan. No es así. El lunes pasado conocí una pareja, que está en la lona. Pero él es tatuador y… bueno, me harás algunos tatuajes a mí y a mis amigos. Lo que menos haría es dejar de acompañar por una cuestión económica. Es absurdo, es lo único que sé hacer y si encima me pongo una traba sería un tarado. Además, me muevo en barrios extre­madamente humildes, en casas anarquistas, ni hablar de algunos lugares donde voy en los que que la gente directamente no maneja plata.

¿Cómo definirías el parto?
Es el momento más trascendental que tenemos todos en la vida, tanto el que está naciendo, como el que está pariendo y toda la familia que está acompañando. No importa si es el primer hijo o el quinto. Es un momento milagroso. Es algo increíble. Tener útero y poder parir es algo alucinante. Es un rito de pasaje y más que nunca hay que respetar esos tiempos, los de esa per­sonita que está viniendo y los de esa mujer que está travesando ese proceso. Hoy parece que es más un trámite, que hay mil partos en un día y a la gente se le vende eso, cuanto más rápido mejor, como en los negocios de hamburguesas. Aunque, en algún momento, te cae la ficha.

¿Cada vez más familias deciden parir en casa?
Sí, claro. Antes no conocían seguramente a na­die cercano y ahora todos tenemos una amiga o conocemos a alguien que parió en su casa. Esto no es solo para los millonarios o para el extrema­damente hippie. Hay gente híper estructurada que lo está eligiendo, cada vez se escucha más sobre la no vacunación. Cuando conocí a Violeta (NdeR: su mujer y mamá de su futuro hijo) ella venía ya con el tema de la no escolarización y yo pensaba: “está mal de la cabeza”. Pero ahora lo entiendo más. Es como que una cosa trae la otra.

Y ahora, vas a ser papá por primera vez. Des­pués de ayudar a tanta gente…
Sí, cuando se enteraron de nuestro embarazo, todas las mujeres que acompañé hacen lo mis­mo que yo hacía con ellas, me mandan mensajes todos los días para saber cómo estamos, si ne­cesitamos algo. Algunas parieron hace dos años y más. Seguramente nazca acá, porque estamos muy instalados en esta casa. Ojala se den todas las cosas para que nazca acá. Noviembre es una buena fecha.

¿Tenés un sueño? ¿Qué te falta ahora?
Moría de ganas de ser partero y soy. Moría de ganas de tener una casa y la tengo. Me falta parir esto. Ahora estamos gestando y no veo la hora de que llegue la crianza. A mis viejos les contaba: “Ya acompañe a 2.000 familias. Llegó la hora de que yo tenga la mía”

“El parto es un rito de pasaje y merece respeto”
Maternar en Tribu 
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