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viernes, 20 de marzo de 2015

CRIAR DESPACIO

Entre las tres y las cuatro de la madrugada, cuando la noche es más oscura y todavía no se intuye el amanecer, es cuando se producen la mayoría de los nacimientos. Así se comprobó en un estudio que analizó la hora del nacimiento en más de medio millón (601222 para ser exactos) de partos espontáneos en el Reino Unido a principios de los años sesenta. La hora en que más niños y niñas nacieron fue entre las tres y las cuatro de la madrugada, una hora en que lo natural es que la mujer se encuentre en un ambiente tranquilo y protegido y en un estado emocional sosegado y adormecido, concluyeron los autores del estudio (1).

Claro que eran otros tiempos, antes de que las prisas y el miedo dominaran los partos y gobernaran los paritorios. En la actualidad son poquísimos los bebés que van a poder beneficiarse de un parto espontáneo y respetado. Cada vez se extrae antes del útero a los bebés. Bajo argumentos variopintos se inducen partos y programan cesáreas sin urgencia médica la mayoría de las veces, desde la disparatada idea de que “total, el bebé ya está formado, mejor lo sacamos ahora que ya no tiene nada que hacer ahí”. Se decide la fecha del parto en función de agendas totalmente ajenas a las necesidades del bebé. El recién nacido llega al mundo con un mensaje de recibimiento: “no hay tiempo que perder”.

Craso error, el parto lo inicia el bebé cuando está listo para nacer y lo que más cambia en los últimos días del embarazo es precisamente su cerebro (¡y el de su madre que se va preparando para la más intensa experiencia amorosa!). La madurez cerebral y neurológica de los recién nacidos a término en partos espontáneos es bastante mayor que la de los extraídos dos o tres semanas antes…

domingo, 16 de noviembre de 2014

Consecuencias del llanto infantil prolongado, no consolado


Según Michael L. Commons y Patrice M. Miller -investigadores del Departamento de Psiquiatría del Instituto Médico de la Universidad de Harvard- el estrés que resulta de la separación madre-hijo, por ejemplo durante la noche cuando se intentan métodos de adiestramiento parael sueño que involucran llanto, causa cambios en el cerebro de los bebés que los convierte en adultos más susceptibles al estrés a largo plazo.

En lugar de dejar llorar a los niños -tal y como proponen Ferber, Estivill, y otros autores conductistas que afirman que hay que enseñar a dormir a los niños, y que éstos deben dormir solos (ya sea en una cuna aparte, o en una habitación aparte), alejados del cuerpo materno- los padres deberíamos mantener a nuestros hijos cerca, satisfacer su necesidad de contacto nocturno, consolar su llanto, dormir con ellos; hacerlos sentir seguros y a salvo.

Commons y Miller examinaron las prácticas de sueño actuales en distintas sociedades, y llegaron a la conclusión de que el dormir separados de los hijos y no responder de forma rápida y empática a su llanto podría derivar en incidentes de estrés post traumático y desórdenes de pánico en aquellos niños cuando arriben a la edad adulta.

Según Commons, aseveración con la que estoy absolutamente de acuerdo: "Los padres deberían saber que el dejar llorar a sus hijos innecesariamente, causa en el bebé un daño permanente, produciendo alteraciones en su sistema nervioso que los torna exageradamente sensibles a traumas futuros."

Según Charles R. Figley, director del Instituto de Traumatología de la Universidad del Estado de Florida y editor del Journal de Traumatología, lo que hace único este estudio es su enfoque multidisciplinario, al tomar en cuenta la neurofisiología, el aprendizaje emocional y las diferencias culturales entre los niños analizados. 

"Es muy fuera de lo común, y a la vez extremadamente importante encontrarnos con esta investigación por ser inter y multidisciplinaria, ya que sirve de explicación para la capacidad de tolerancia del estrés -incluyendo el estrés traumático- y del desarrollo emocional de los niños, aún existiendo entre ellos diferencias culturales.", agregó.

Continuó diciendo que el trabajo de Commons y Miller abre un camino que servirá para futuras investigaciones que podrían tener implicaciones en muchos aspectos de la crianza, desde los esfuerzos de los padres por estimular el intelecto de sus hijos hasta prácticas como la circuncisión.

Ambos investigadores atribuyen las prácticas de crianza estadounidenses (perfectamente extrapolables, a mi parecer, al resto de las sociedades occidentales) al temor de que los niños crecerán siendo dependientes. Asimismo, refieren que los padres que piensan de esta manera están viendo las cosas fuera de contexto: el contacto físico, el consuelo y la contención emocional convertirán a los niños en más seguros y más capaces de formar relaciones adultas cuando se relacionen por sí solos.

"Hemos puesto tanto énfasis en la independencia que está teniendo algunos efectos muy negativos", refiere Miller.

Durante su investigación, Miller y Commons mostraron una grabación de cómo las madres estadounidenses responden al llanto de sus bebés a madres de la tribu Gusii de Kenya (quienes colechan y responden rápidamente al llanto de sus hijos) y comentaron que éstas estaban "enfadadas viendo cuánto demoraban las madres norteamericanas en responder al llanto infantil".

Commons y Miller también indican que la crianza influye mucho en cómo se comportará la sociedad entera. A los norteamericanos en general no les gusta ser tocados y se enorgullecen de su independencia aún hasta el punto de aislarse, incluso en situaciones sumamente difíciles o estresantes.

A pesar del tradicional consejo de que los niños deberían aprender a estar solos, Miller refiere que muchos padres contradicen esta norma socialmente implícita en occidente y "hacen trampa" trayendo a sus hijos a la habitación con mamá, al menos cuando son pequeñitos. Además, agrega que una vez que el niño aprende a gatear, muchas veces puede llegar por sus propios medios a la habitación de su mamá.

Los padres deberían sentirse libres de dormir consus hijos, tratar a sus bebés como bebés que son, consolarlos, continuar durmiendo con ellos aunque sea en una cama adosada a la de los padres, en la misma habitación, sin sentirse culpables de hacerlo, agregan.

"Existen maneras de crecer y ser independientes sin necesidad de someter a nuestros bebés a este tipo de traumas, mi consejo es tener una relación de apego seguro con nuestros hijos para que al crecer puedan tomar sus propios riesgos." Esta es la manera de fomentar la independencia de nuestros hijos, de forma segura y no violenta, según comenta Miller.

Según los investigadores, otros de los temores -además de la mencionada dependencia- que han moldeado nuestra manera de criar, es el de que la presencia de los niños en la habitación "de matrimonio" pudiera intervenir con la vida sexual de los padres, y que un bebé fuera aplastado si uno de los padres se diera vuelta y cayera sobre él.

Respecto a los dos temores anteriores, me gustaría apuntar -tal y como dice el pediatra Carlos González- que la casa tiene muchas habitaciones y que el día tiene muchas horas. ¿Para qué entonces limitar la actividad sexual a la noche, y a la cama "de matrimonio"? Podríamos hablar de cama familiar, y tener momentos de intimidad en otras estancias.

El riesgo de aplastar a un hijo, en condiciones normales de colecho es muy bajo. Las madres, en particular, cambian su ciclo de sueño y están conscientes de la presencia de su hijo en la cama -sobre todo cuando combinamos colecho con lactancia materna. Los padres, poco a poco van tomando conciencia -a menos de que uno de los dos (o ambos, espero que no) estén bajo los efectos del alcohol, o drogas psicotrópicas. Pueden leer más sobre colecho seguro aquí.

Otro factor al que atribuyen la disminución del colecho es al crecimiento económico que ha permitido a las familias adquirir viviendas con mayor número de habitaciones, habiendo recámaras separadas para los niños.

El resultado, según Commons y Miller es una nación a la cual no le gusta cuidar de sus propios niños, una nación violenta marcada por relaciones con poco contacto físico y que carecen de un apego seguro.

"Creo", finaliza Commons diciendo, "que existe una verdadera resistencia dentro de nuestra cultura hacia el cuidado de los niños. Sin embargo, el castigo y el abandono [emocional] nunca han sido buenas herramientas para lograr [una sociedad] con personas cálidas, cuidadosas e independientes."

¿Y tú qué opinas? ¿Colechan en casa? ¿Por qué o por qué no?
Si este artículo te ha sido de utilidad, te agradezco que compartas el enlace al mismo en Facebook, Twitter, e-mail o a los cuatro vientos para que llegue a más familias. Gracias =)
Más info: 


miércoles, 12 de noviembre de 2014

La importancia del contacto físico y el apego!!!

Biberones, chupetes, cochecitos, cómodos sillones regulables, adaptadores para el auto y la bicicleta, cunas transportables, desarmables, sofisticados accesorios con sonidos, colores, formas…sin duda alguna la industria ha diseñado todo tipo de implementos para transportar, alimentar, dormir, entretener y estimular a nuestros bebés.

En unas pocas décadas se nos han vuelto necesarios, imprescindibles. Se han ligado indisolublemente a la imagen del bebé sano y feliz. De algún extraño modo hemos conseguido que hoy, un bebé que no usa chupete, que toma el pecho o va en brazos de su madre sea la excepción y no la norma. Es tan inusual, que quienes optan por una crianza con apego y con respeto por las necesidades de los bebés, se ven amenazados por toda clase de teorías y condenas que aseguran que su hijo no está sano y que, de no intervenir a tiempo, las consecuencias serán muy graves.


 Brazos, ¿hasta cuándo?
 La mayoría de los bebés comienzan a andar alrededor de los 12 meses de vida. Dan unos pocos pasitos y la familia contenta celebra que “ya camina”.
 Sin embargo, pasarán aún un largo par de años hasta que este niño que hoy a tientas logra mantenerse unos segundos en pie, pueda caminar sin perder el equilibrio, correr, sostenerse en un solo pie, retroceder, detenerse de pronto. De modo que caminar, lo que se dice caminar, es algo que se aprende completamente pasados los 3 años de vida. A pesar de esto, todos sabemos que aún luego de esa edad, los niños se cansan con gran facilidad y piden brazos. O sea que desde el aspecto físico, los niños necesitan ser cargados en brazos por lo menos para trasladarse de un lado hacia otro hasta que estén en condiciones plenas de hacerlos por sí mismos. En la práctica, nuestros hijos piden brazos por muchos otros motivos además del que acabamos de mencionar: al estar cansados, con sueño, cuando se lastiman, se asustan, se intimidan, se cansan de mirar el mundo a la altura de rodillas y patas de las mesas, e incluso por motivos que sólo ellos conocen.

 En estos casos, nunca falta una tía (con las mejores intenciones, claro), una suegra, una vecina o incluso una perfecta desconocida, que se siente en el deber de alertarnos: “lo vas a malcriar”. Esta sentencia abre varias cuestiones que podemos analizar. La primera de ellas es la creencia de que estar en brazos es algo que no debe ocurrir, y desde luego NUNCA en una “buena” crianza. Es algo malo, que se hace para darles el gusto a los hijos, y parece imposible que para los papás resulte placentero o lo disfruten.
Otra cuestión interesante es la idea de que si le das algo a tu hijo que le gusta, luego nunca dejará de pedirlo. Parecería que los bebés fueran adictos en potencia, que una vez que satisfacen sus necesidades con algo, no podrán dejar de pedir más. Personalmente, no he visto niños con problemas para dejar el cochecito o la sillita del auto cuando están maduros para ello. Y tampoco niños de 10 años pidiendo ser alzados en brazos. En algún momento de la evolución, simplemente dejan de pedir lo que ya no necesitan.

Las edades que tomamos como referencia para el desarrollo de nuestros hijos, están puestas de un modo arbitrario y no coinciden con la realidad por mucho que intentemos forzarlos.
Otro mensaje que se desliza en estas sentencias es que el niño no necesita estar en brazos, lo pide sólo para molestar, o por capricho, o porque nos “tomó el tiempo”.

Evolutivamente, un niño de tan corta edad, no tiene capacidad de elucubrar un plan tan especulativo, ni puede aprender el concepto de tomar ventaja, de aprovecharse de los demás.
Las cosas para ellos son más simples: me siento cansado, triste, inseguro, y busco refugio en el lugar que me da más tranquilidad, junto al corazoncito de mamá, entre sus brazos, acurrucado. La intención es clara y sencilla: pido aquello que necesito”.
“Un aspecto fuerte dentro de quienes desaprueban el contacto estrecho con los bebés o la satisfacción de sus necesidades, es el fantasma de la dependencia que le generará al bebé estar en brazos, tomar teta, compartir la cama con sus papás, etc. Veamos un poco de dónde surge esta idea.

martes, 21 de octubre de 2014

Una cuestión de piel a piel

Sociedad › Científicos promueven el contacto físico con el recién nacido

Un estudio de la Universidad de Vanderbilt determinó los beneficios para el bebé cuando, apenas nacido, toma contacto directo con la piel de la madre, e incluso del padre. Otros, en Japón y en Argentina, llegaron a conclusiones semejantes.



 Por Pedro Lipcovich
“Yo soy firme partidario del contacto piel a piel con mi mamá”, sostuvo un recién nacido. “Yo, que acabo de nacer por cesárea, estoy muy conforme con el contacto piel a piel con mi papá”, agregó otro. “Yo, aunque no soy tan chiquito como ustedes, también hago piel a piel, porque mamá me saca la ropita para darme la teta, y por eso lloro menos”, intervino otro que había cumplido tres meses. La opinión de los bebés entrevistados por Página/12 es consistente con las investigaciones más actuales: “El contacto temprano piel a piel hace decrecer el llanto en el bebé y tiene efectos beneficiosos sobre la lactancia y la estabilidad cardiorrespiratoria”, según un estudio de la Universidad de Vanderbilt, Tennessee, Estados Unidos. Conviene que este contacto empiece, siempre que sea posible, inmediatamente después del nacimiento y que se extienda por lo menos durante la primera hora, posponiendo los exámenes de rutina que no sean urgentes pero siempre bajo control del personal del salud. Aun en unidades de terapia intensiva pediátrica este contacto se propicia siempre que sea posible, incluso en bebés bajo respiración asistida. Para la madre, el piel a piel implica no sólo beneficios emocionales, sino que, por estimular la secreción de hormonas, reduce el sangrado posparto y propicia la relajación. Si se efectuó cesárea bajo anestesia general, el contacto piel a piel con el padre también demostró sus beneficios. Y, a lo largo de los primeros meses de vida, el piel a piel puede continuar cada vez que se da la teta.

Entre los estudios sobre el tema se destaca el que elaboraron Elizabeth Moore y su equipo de la Escuela de Enfermería de la Universidad de Vanderbilt, para la base de datos Cochrane, que revisa y sintetiza investigaciones previas. “La separación madre-bebé después del nacimiento es común en la cultura occidental. El contacto temprano piel a piel comienza idealmente en el nacimiento y, de acuerdo con los estudios de neurociencia sobre mamíferos, suscita conductas que aseguran la satisfacción de necesidades biológicas básicas. Ese tiempo puede representar un ‘período sensitivo’ para programar la fisiología y conducta futuras.” Los investigadores revisaron ensayos clínicos concernientes a 2177 díadas madre-hijo y concluyeron que el contacto piel a piel “beneficia la lactancia materna y la estabilidad cardiorrespiratoria y hace disminuir el llanto de los bebés, sin que presente efectos negativos a corto o largo plazo”.

Otra investigación fue realizada por Katsumi Mizuno y su equipo de la División Neonatología del Hospital Chiba de Japón, y publicada en la revista Acta Paediatrica: tomaron un grupo de sesenta recién nacidos saludables, de los que sólo la mitad había experimentado contacto piel a piel. En el cuarto día después de su nacimiento, les presentaron diversos estímulos olfativos: el olor de la leche de su madre, el de otra leche materna humana, el de una leche maternizada. Filmaron las reacciones de los bebés, especialmente la frecuencia de movimientos de la boca. Los que habían tenido contacto piel a piel mostraron una mayor respuesta: más intensidad en los movimientos de la boca cuando se les presentaba la leche de su mamá, con relación a los otros estímulos. Además, se hizo seguimiento de la lactancia de estos nenes y resultó que los que habían tenido contacto piel a piel fueron amamantados, en promedio, durante dos meses más que los otros.

Hoy las maternidades cuentan con el informe “Práctica clínica del contacto piel a piel en neonatología”, del Capítulo de Enfermería de la Sociedad Iberoamericana de Neonatología. Por la Argentina lo suscriben las licenciadas en enfermería Ana Quiroga y Rose Mari Soria. El texto advierte que “aún existen importantes obstáculos para el libre acceso de la familia en muchas unidades neonatales de la región iberoamericana”, pese a que “se han documentado los efectos perjudiciales de la separación precoz y continua y se ha demostrado que las primeras horas tras el parto son cruciales para la aparición del vínculo madre/padre-hijo y para la instauración de la lactancia materna”.

¿Cómo concretar ese contacto? Básicamente se trata de “colocar al neonato desnudo sobre el tórax o abdomen de su madre”; si es necesario se lo protege con una mantita previamente calentada. “Se debe permitir el libre movimiento del bebé, que probablemente, estimulado por la caricia de la madre, buscará el pecho –precisa el informe–, y señala que “los recién nacidos sanos demuestran capacidades notables: el bebé tiene fuerzas para reptar hasta el pezón, y el estímulo de sus piernas sobre el abdomen de la madre estimula las contracciones uterinas, favoreciendo la involución del útero”; todo esto, ciertamente, “bajo vigilancia estrecha del personal sanitario para evaluar clínicamente a ambos y detectar cualquier anormalidad”.

Además, en favor de la madre, ese primer contacto “produce un potente estímulo del nervio vago, que libera oxitocina materna produciendo un incremento de la temperatura de la piel de las mamas, lo que proporciona calor al recién nacido, mejorando la regulación de la temperatura. La oxitocina también ayuda a la expulsión de la placenta, reduce el sangrado materno y favorece la relajación en la madre”. En los partos por cesárea, los niños también deben tener contacto piel a piel con sus madres luego del nacimiento; en casos de anestesia general, se ofertará al padre realizar contacto piel a piel en el quirófano o en una sala anexa”.

Ana Quiroga, una de las autoras de “Práctica clínica del contacto piel a piel...”, comentó que esta práctica “no debe entenderse como un mandato que las madres deban cumplir durante las 24 horas; también puede suceder que, si el bebé es muy prematuro o tiene algún problema clínico, primero haya que tomar algunas medidas de tratamiento y recién después ir al contacto piel a piel. Lo importante es que todas las unidades de neonatología favorezcan esta práctica, que trae enormes beneficios para la madre y el recién nacido”. E insistió: “No se trata simplemente de hacerle ‘upa’ al bebé, sino del contacto entre los torsos desnudos del nene y su madre”.

Bernardo Chomski, ex jefe de Neonatología del hospital Argerich, agregó que “actualmente en los servicios de terapia intensiva neonatal se trata de que también los recién nacidos muy prematuros, de muy bajo peso, accedan al contacto piel a piel: aun cuando estén recibiendo asistencia respiratoria pediátrica, sin retirarles el tubo del aparato los ponemos sobre el pecho de la mamá”.

En rigor, el contacto piel a piel se inscribe en “el libre acceso de la familia a las unidades neonatales”, tal como se lo nombra en “Práctica clínica...”. Este informe destaca que “en las unidades de terapia intensiva neonatal se debe involucrar a las familias en la toma de decisiones, en los pases de guardia y en las tareas de cuidado”, ya que “los padres no son visitas, sino los cuidadores naturales”. Y “si la madre por circunstancias clínicas no es capaz de hacer contacto piel a piel con su hijo, el padre puede realizarlo las 24 horas del día, con igual técnica”. Los padres así involucrados “muestran menores niveles de ansiedad y, además, desarrollan mayor confianza en el cuidado de sus hijos y mayor atención a sus necesidades”.

La práctica bien puede continuar durante la lactancia, ya que –observó Chomski– “en los primeros meses, el contacto piel a piel es el principal estímulo madurativo: una recomendación para los meses iniciales es cuando se le da de mamar, sacarle toda la ropita y que la mamá también se saque la ropa que cubre el torso, para permitir el contacto”.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

La química del amor materno

Los cuidados maternos durante los primeros años de vida contribuyen a un buen desarrollo del cerebro del niño
 05.05.2013 | 16:57

 
Una madre acaricia a su bebé 
La clave hormonal del apego
Para un buen apego, es fundamental el contacto físico La lactancia materna es muy positiva, porque implica contacto con el bebé durante mucho tiempo Si se da el biberón, también se puede fomentar el contacto intentando estar con nuestro bebé piel con piel La lactancia y el contacto aumentan los niveles de oxitocina, la clave hormonal que fomenta el apego madre-hijo Para un buen apego, es vital conocer las señales del niño y su forma de comunicarse Hay que crear una base de confianza y seguridad con el bebé Los bebés que disfrutan de un apego sano con sus padre gozan de una mayor autoestima y autoconfianza

lunes, 1 de septiembre de 2014

El apego: un estilo de crianza que suma respaldo científico

lanacion.com |Sociedad
Lunes 23 de junio de 2014 | Publicado en edición impresa
Varios trabajos confirman las ventajas de estar pendientes del bebe
Por Fabiola Czubaj  | LA NACION
  
 
Foto: Alma Larroca
En los últimos años, los padres primerizos calmaron sus dudas acerca de cómo criar a sus hijos con respuestas que provienen de distintas teorías, métodos y técnicas, a veces sin demasiada comprobación. ¿Hay que darle de comer cada vez que el bebe lo demanda o conviene organizar una rutina con horarios? ¿Hay que alzarlo cuando llora o es mejor que aprenda a esperar?

Las librerías son un fiel reflejo de esa búsqueda: por lo menos 500 títulos prometen revelar los secretos de una crianza perfecta. Y siempre están los consejos que aportan a voluntad amigos y familiares sobre la mejor forma de dormir, alimentar o calmar al bebe con recetas propias o ajenas.

En ese contexto, la teoría del apego (propone no escatimar respuestas a cada pedido o necesidad del bebe) suma evidencia en su favor. "Hoy podemos responder científicamente a muchas de las preguntas que se hacen los padres, sobre todo los primerizos. La teoría del apego es la más sólida, sobre todo en los temas de desarrollo infantil", afirma la doctora en psicología Inés Di Bártolo, profesora de la Universidad Católica Argentina (UCA).

El apego -que tuvo y tiene sus detractores- acumula años de experimentos sobre el efecto que tienen distintos estilos de crianza durante una inmensa ventana de oportunidad: el primer año de vida. Tantos años de resultados se extienden ya entre generaciones y esa información empieza a desafiar prejuicios culturales.

"Aquellos bebes cuyas madres están más pendientes de ellos y les responden enseguida, lejos de volverse malcriados y dependientes, se vuelven más independientes, autónomos y seguros de sus recursos personales -indica Di Bártolo a modo de resumen-. Por eso, mi consejo a las madres es que nunca duden en alzar a un bebe que se lo pida."

El apego se define como un vínculo emocional que se forma entre dos personas, que no es exclusivo de la madre y el bebe, y es distinto de otros vínculos emocionales. "Está impulsado biológicamente y tiene una característica única: mantener y restablecer el equilibrio emocional. Sin esta regulación emocional, no se pueden llevar a cabo una serie de actividades psíquicas, como la exploración o el crecimiento -aclara Di Bártolo-. Todo lo que un bebe pueda llegar a conocer, a explorar, depende de esa regulación emocional."

Eso sucede, como explica enseguida, porque los bebes nacen sin la capacidad de autorregularse. Cuando la mamá, el papá o los abuelos alzan al bebe cuando lo pide, o juegan cuando quiere jugar, están construyendo esa capacidad si van descifrando qué necesita el bebe. "Lo que se pasa haciendo una mamá y un papá con un bebe chiquito es regularlo: el bebe llora y ellos tienen que calmarlo, pero buscando saber qué le pasa, sobre todo guiados por algo básico como «entrar en sintonía» a través de la empatía."

Esa sintonía emocional no sería tan abstracta. Di Bártolo cuenta que estudios por neuroimágenes detectaron que hay áreas del cerebro que se activan cuando interactúan bebes y adultos que están construyendo ese vínculo.

Desde los años 70, un experimento clásico de la teoría del apego refuerza la idea de que el sentimiento de seguridad, independencia y autonomía en la vida depende de esa regulación emocional inicial.

En la llamada prueba de la situación extraña, que dura alrededor de 20 minutos y figura entre los cinco experimentos más importantes en psicología del siglo XX, los evaluadores observan a través de un espejo el comportamiento de chicos de un año en una habitación llena de juguetes, desconocida y acompañados de la figura de apego, que suele ser la madre.

Durante el experimento, la madre sale del cuarto dos veces, dos minutos cada vez. "Lo más interesante de la prueba no es cómo se separan, sino cómo se reúnen", aclara Di Bártolo. Y no todos reaccionan igual. "La mitad de los chicos quiere que la mamá los alce, se abrazan a ella, pero rápidamente se calman y piden que los bajen para volver a jugar -explica-. En esos chicos, el apego es seguro. Cuando crecen, son simpáticos y empáticos. Ayudan a los demás y son más resistentes a las situaciones de estrés."

Pero la otra mitad reacciona de tres maneras bien definidas: son indiferentes y se distraen fácilmente (evitativos), son inconsolables y no quieren volver a jugar (ambivalentes) o se alejan o tienen otras conductas extrañas para la situación (desorganizados).

En todos esos casos, se habla de que existe un apego inseguro, según detalla Di Bártolo, ahora a modo de resumen de El apego y la intersubjetividad, un libro que acaba de terminar. Allí, en más de 250 páginas, describe la historia de todos estos experimentos, en muchos de ellos como investigadora, y su aplicación en la práctica clínica.

Los resultados sorprenden. Por ejemplo, revelan que un 80% de los chicos que están institucionalizados o que son víctimas de maltrato y abandono son inseguros desorganizados. En la población general infantil, esa proporción no supera el 15 por ciento.

En la prueba, todas las madres se comportan igual. Lo que varía es lo que hicieron los 12 meses previos. "Las madres de los chicos con un apego seguro habían estado más pendientes de las señales de su bebe (respondían rápido al llanto, la demanda de ser alimentados o alzados y a sus sonrisas). Estaban disponibles cuando los bebes parecían querer estar con ellas", dice Di Bártolo.

Los estudios que se están realizando sobre los efectos que tiene apego seguro al año de edad ya llegaron a grupos de adolescentes y jóvenes de hasta 20 años de edad y, también, entre varias generaciones.

"En el primer año, no hay que pretender que el bebe sea independiente, sino conocer sus señales y responderle -insiste Di Bártolo-. Es ponerse en su lugar y tratar de entender lo que quiere: no empezar a jugar si quiere dormir y no alimentarlo si quiere jugar, además de compartir cuando muestra sus descubrimientos. Es como aprender a hablar su idioma. Si uno le provee seguridad, será independiente cuando crezca, se acostumbrará al jardín de infantes, resistirá mejor los conflictos y se esforzará ante un desafío."

Para Flavia Tomaello, autora de un par de los títulos disponibles en las librerías, como Rutinas felices. Agenda para padres, seguir estilos de crianza "sólo porque se ponen de moda" no es lo más saludable para los hijos ni para los padres. "Creo en una paternidad más reflexiva y participativa, donde uno pueda sumarse o no a la teoría del apego, por ejemplo, si se coincide con lo que significa", opina la autora.

"No hay exceso alguno en la cantidad de upa y de mimos que uno puede entregar al hijo desde que nace", suele repetir la terapeuta y escritora Laura Gutman, reconocida referente de la crianza con apego, tema sobre el que ha vendido miles de ejemplares.

UN EXPERIMENTO RECONOCIDO

  • La prueba clásica del apego, entre las cinco más relevantes .
  • La denominada prueba de la situación extraña es un experimento clásico para estudiar los principios y los efectos de la teoría del apego.
  • En estos 40 años, sus resultados suman evidencia de que el sentimiento de seguridad, autonomía e independencia depende de la regulación emocional en el primer año de vida. 
  • Esto ya se comprobó en grupos de hasta 20 años de edad y entre generaciones
  • La prueba cuenta con un reconocimiento especial: quienes estudian y trabajan con las teorías del desarrollo la votaron como uno de los cinco experimentos más importantes de la psicología del siglo pasado.
  • Dura aproximadamente 20 minutos y consiste en la observación, sin intervenir, del comportamiento de chicos de un año con y sin la presencia de un adulto (figura de apego), que generalmente suele ser la madre o la persona cuyo vínculo desee estudiarse.
  • A través de un vidrio espejado, los investigadores observan el interior de una habitación con juguetes. La madre entra y sale de la habitación dos veces
  • Los investigadores evalúan no sólo cómo se separan la madre y el hijo, sino también cómo reaccionan los chicos cuando se reencuentran después de dos minutos de separación.
  • La prueba revela dos tipos de apego, que anticipan perfiles futuros: seguro o inseguro. El apego inseguro provoca reacciones evitativas, ambivalentes o desorganizadas.



martes, 12 de agosto de 2014

Por qué no hay que dejarles llorar: el cerebro de los niños no es un músculo, sino más bien una flor

07 de junio de 2013 | 12:01 CET


Durante mucho tiempo los padres y educadores han pensado que el cerebro de los bebés es como un músculo, una estructura endeble al principio que va fortaleciéndose y curtiéndose gracias a los malos momentos, a las situaciones duras de la vida, a sufrir soledad y separaciones y a todas aquellas acciones que ayuden a un niño a ser capaz de vivir solo sin depender emocionalmente de nadie.

Bien, es cierto que haciendo todo eso se puede conseguir la meta, que un niño sepa estar solo. El problema es que se corre el riesgo de que además de saber estar solo, el niño llegue a preferir estar solo, o que no sepa cómo estar en grupo, ni expresar las emociones, o incluso que no sepa demasiado bien cómo sentirlas, como no ahogarlas para volver a confiar en los demás. Y es que como padres debemos tener mucho cuidado con el estrés de nuestros hijos pequeños, porque el cerebro de los niños no es un músculo, sino más bien una flor.

Pero los niños son muy resistentes…
Es cierto, los niños son muy resistentes emocionalmente, y tienen que serlo así, porque durante toda la historia la vida ha sido muy dura para ellos. Muchos morían jóvenes o veían morir a sus hermanos o padres cuando aún eran pequeños, muchos han sido niños que nadie ha amado, muchos… Pero eso no quiere decir que puedan soportarlo todo sin que ello afecte a su manera de ser y más ahora, en la actualidad, porque ahora ya no tienen que vivir las penurias que vivieron nuestros antepasados (o las que viven los niños en los países pobres, sin irnos tan lejos).
El cerebro y el estrés no son demasiado buenos compañeros y, si un niño se ve inmerso en un estilo de crianza, digamos, más bien intenso, más bien autoritario, carente de respeto y de puntos de diálogo o negociación, los sistemas de respuesta pueden alterarse y llegar a permanecer de ese modo durante mucho tiempo.

La amígdala: la alarma del cerebro
Prueba a acercarte al Dr. Bruce Banner y moléstale hasta que se enfade. ¿Qué sucede? Pues que en un periquete se vuelve verde y grande, y pasa a llamarse “Hulk”. Exacto, este doctor tiene un problema con su amígdala, que se hiperexcita y funciona demasiado. La amígdala es el sistema de alarma de nuestro cerebro, el que nos pone en alerta ante un peligro, ante un ruido amenazador, cuando estamos a punto de dar una conferencia multitudinaria, etc., es la que nos hace sudar y acelera nuestro corazón preparándonos para la huida o para la lucha.

Lo interesante, lo que todo el mundo busca, es la técnica o la manera de controlarla, sobre todo si sabemos que el entorno es seguro. El ejemplo de la charla es muy válido, porque nadie quiere plantarse delante de un gran número de personas a hablar con el corazón a cien, la boca seca y el sudor empapando su cuerpo. La persona debe coger confianza, debe hacer que el raciocinio supere a la emoción, que la controle. Lógicamente, es difícil hacerlo si nunca has dado una charla, pero si has dado unas cuantas, la costumbre ayuda mucho y al final los síntomas apenas aparecen.
Los adultos, pues, con nuestro raciocinio, somos capaces de dominar a nuestra amígdala en muchas ocasiones porque somos conscientes de qué es peligroso y qué no lo es. Los niños, en cambio, tienen muchos menos conocimientos y mucha menos experiencia y el simple hecho de sentirse solos ya les hace llorar y ya les activa. Se estresan si están solos, si no les haces caso, si les llevas en cochecito pero quieren que les cojas, si están en la habitación de al lado y necesitan que les abraces, si les gritas, si les tratas mal, si les pegas, si les castigas, si…


Estrés y cerebro de los bebés
Y ellos tienen un problema gigante, enorme. No saben cómo calmar la amígdala, no saben cómo respirar hondo y superar el mal trago, no saben cómo entrar en el Facebook y decir “Qué mal día, por Dios”, a la espera de que decenas de amigos les pregunten “¿Qué te pasa tío?, cuenta…”, no saben cómo abrir el congelador y zamparse un helado entero “porque me lo merezco” y no saben cómo llamar a las personas que les importan para que les ayuden a desahogarse, precisamente, porque las personas que les importan, las que deberían ayudarles a calmarse, han decidido que no les pasa nada por llorar un rato, que deben aprender a dormir solos y que no tiene sentido que dependan tanto de ellos y que cuanto antes aprendan a no necesitarles mejor.

Entonces, ¿si no les ayudamos a calmarse?
Si no les ayudamos a calmarse, si no frenamos el estrés, si hacemos caso a los consejos de dejarles llorar, lo que acaba sucediendo es que la amígdala se acostumbra en cierto modo a estar activada y lo que acaba haciendo es hiperactivarse, o lo que es lo mismo, estar cada vez más pendiente del entorno, más vigilante, para dar respuesta antes.

Esto se traduce en niños que actúan de un modo exagerado, asustándose por cosas que no tienen importancia, agobiándose por cosas insignificantes, estando preocupados por todo y perdiendo la paciencia muy fácilmente.

“Ya, pero la mayoría de niños son así”, me diréis. Y es cierto, la diferencia en este caso es que muchos niños que no han aprendido de pequeños a calmarse llegan a la edad adulta con muchos vestigios de esa infancia, siendo personas más asustadizas, más desconfiadas, con dificultad para expresar emociones o, como he dicho al principio, para sentirlas, con poca tolerancia al estrés y con poca paciencia.

¿Qué podemos hacer los padres?

Como supongo que ningún padre quiere que su hijo llegue a ser uno de esos que a la mínima está gritando y tirando las cosas por el suelo porque no tiene autocontrol (que no quiere decir que los niños salgan así, sí o sí, porque hay niños muy capaces de vivir con las adversidades), lo ideal es ayudarles cuando son pequeños a calmarse, ayudarles a racionalizar los momentos de estrés, a darles sentido, a ser ese amigo que te permite desahogarte, a ser el helado de medio kilo, a ser lo que necesitan para suspirar y relajarse de nuevo.

No podemos protegerles de todos los males ni debemos resolverles todos los problemas, porque los niños necesitan retos, necesitan intentar cosas y tomar decisiones para crecer, pero sí podemos y sí debemos estar ahí, a su lado, para echarles una mano cuando la necesiten, para que sientan nuestro apoyo. Dicho de otro modo, en esos momentos en que pierdan los papeles, cuando las emociones les superen y les invada la rabia, la ira, o incluso el miedo, debemos estar ahí para dar significado a las emociones, para que vean que nosotros sabemos controlarnos, entiendan por qué pueden vivir los problemas de otro modo y vean que allí donde no parece haber salida posiblemente la hay, si la buscan con más paciencia y dándose tiempo.

De este modo los niños van sumando experiencias, van sumando logros, van aprendiendo a controlarse y van tomando cada vez más decisiones, siendo más capaces de afrontar los problemas y de controlar los impulsos y las emociones negativas. De este modo, cuando crezcan, serán adultos que ante el estrés y la ansiedad serán capaces de afrontar los problemas con mayor tranquilidad, pudiendo trabajar incluso cuando presión, buscando soluciones y luz ahí donde otros sólo verán oscuridad.

El problema, como he dicho y asumiendo que me repito, viene cuando esas emociones no se trabajan, cuando no les ayudamos, cuando tienen que ser ellos los que las calmen, a veces siendo ahogadas, pero no resueltas. En definitiva, cuando se las guardan para sí, haciendo la conocida “pelota que va creciendo y creciendo” hasta que un día explota, a veces hacia afuera, o peor, a veces hacia adentro (con síntomas de depresión, de baja autoestima,…).

Foto | Daniel lobo, Nate Grigg, Aurimas Mikalauskas en Flickr

miércoles, 6 de agosto de 2014

Si tu bebé no te ve, no te huele, no te oye y no te siente no sabe que existes



20 de febrero de 2014 | 08:01 CET
A menudo os decimos que un ejercicio muy recomendable a la hora de criar y educar a los niños es tratar de entenderles. Ser empáticos y ponernos en su lugar para saber qué están viviendo y, de ese modo, acercarnos un poco más a su aflicción o molestia y saber así el porqué de su comportamiento.

Hablando de bebés, hay muchos padres que no acaban de entender cómo puede ser que al dejar al bebé solo en la cuna o el moisés se eche a llorar, o que duerma cinco o diez minutos y se despierte de nuevo, cuando parecía que estaba traspuesto para horas, o por qué si se queda solo un momento, llora también, si está seguro entre las cuatro paredes de su habitación.

Pues la respuesta es bastante simple, pero pocos padres la conocen o la interiorizan: si tu bebé no te ve, no te huele y no te siente, no sabe que existes.

lunes, 2 de junio de 2014

No lo ignores cuando llora


 Clarin.com Buena Vida Tendencias 02/06/14 - 13:53
Crianza respetuosa
Quienes sostienen que hay que impedir, castigar o desoír a un bebé que llora, no toman en cuenta que el llanto es el único medio que tiene para manifestar una situación que lo molesta.
 Un bebé no es capaz de tomar el pelo. No hace las cosas con segunda intención. Cuando llora, siempre es por algo.
              
    
          
“Es que lo pongo en la cuna y empieza a gemir y luego a llorar y, si lo levanto, deja de llorar. Yo creo que me está tomando el pelo”. Esta es una frase que escuché cientos de veces y seguro a ustedes también les resulta familiar. Sin embargo, si la analizamos, es fácil ver que el niño no nos está tomándonos el pelo, sino pidiendo algo y esperando recibirlo.

“Tomar el pelo” significa “reírse de alguien” o “engañar a alguien”. Un bebé no es capaz de tomar el pelo. No hace las cosas con segunda intención. Él sólo se queja cuando se siente solo y quiere que alguien lo acompañe y, cuando lo consigue, se calla. Así de simples son.

Entonces, empecemos por decir que si un niño llora, siempre es por algo. El llanto es el único medio que tiene un bebé para manifestar que hay una situación que lo molesta y está tratando de decirnos qué es. No tiene otra manera de comunicarse. Si buscamos la etimología de la palabra infante (del latín infantis) significa precisamente "el que no habla".

A veces, la desinformación contribuye a cierta inseguridad de los padres que sienten deseos de consolar a su hijo, de tomarlo en brazos, de meterlo en la cama por la noche, pero encuentran libros y expertos que dicen que eso “es malo” ¿Cuál es el límite entonces?

En mi opinión, es el límite de lo posible, como haríamos con cualquier otra persona. Si un amigo me llama por teléfono llorando, no cuelgo. Lo escucho, intento averiguar cuál es su problema y ayudarlo si puedo. Pues con más motivo si en lugar de un amigo, se trata de nuestro hijo.

Los adultos estamos “programados” para responder de manera instintiva al llanto de un bebé, inclusive aunque no sea nuestro hijo, como si hubiera un mecanismo de preservación de la especie que viene predeterminado y tiene más que ver con lo evolutivo. Por ello, las “teorías” que aconsejan no responder o responder paulatinamente al llanto son eso, “teorías”.

Los recién nacidos necesitan contacto físico y atención. Se ha comprobado que durante la primera hora después del parto, los que están en una cuna lloran diez veces más que los que están en brazos de su madre. Al cabo de unos meses, es probable que se conformen con el contacto visual. Su hijo estará contento, al menos durante un rato, si puede verla y usted le sonríe y dice cositas de vez en cuando. A medida que crezca, su hijo irá aprendiendo a distinguir en qué casos la separación tiene importancia y en cuáles no.

Cuando las absurdas normas de algunos expertos impiden a los padres responder al llanto en la forma más eficaz, o sea, tomando al bebé en brazos, meciéndolo, cantándole, dándole el pecho, mimándolo, ¿qué salida queda?

Yo creo que la salida es no escuchar dichas teorías. Cuando digo que no hay que dejar llorar a un niño lo que estoy diciendo es que los padres no tienen que hacer una actividad denominada “dejar llorar”, que consiste en ver que un niño llora y no hacerle caso. Yo no estoy prohibiendo nada al niño, en todo caso estoy prohibiendo a los padres que lo dejen llorar. Esto es muy distinto a lo que dicen otras personas, que el niño no debe hacer una actividad denominada llorar, que los padres deben impedírselo e incluso castigarlo por ello. Eso, claro, me parece una barbaridad.

A un niño que llora hay que tomarlo en brazos siempre que se pueda y quiera. Si llora porque te estás duchando y quiere estar contigo, pues es evidente que no puedes, si llora porque quiere salir al balcón pero no quieres que salga porque hacer frío y lo alzas, lo más probable es que se enfade aún más, porque no quiere eso.

Dicho de otro modo, a los niños hay que darles lo que ellos necesitan siempre y cuando no sea algo nocivo para ellos. Los brazos de papá y mamá son el resguardo que el bebé necesita.

* Dr. Carlos González, español, doctor en pediatría y autor de varios libros sobre crianza, alimentación y salud infantil. Es uno de los mayores exponentes de la crianza con apego y una educación basada en el amor, el respeto y la libertad.
Del 1° al 4 de Agosto visitará nuevamente nuestro país y brindará charlas para padres, abuelos y profesionales.
Más información, en www.facebook.com/maminia  
 4794-4095/6420  / info@maminia.com



jueves, 17 de abril de 2014

Una revolución, la crianza con apego

Por Gabriela Baby

“Consultar a un pediatra sin saber si es partidario del cariño o de la disciplina es tan absurdo como consultar a un sacerdote sin saber si es católico o budista, o leer un libro de economía sin saber si el autor es capitalista o comunista”, dice en las primeras páginas de Bésame mucho. Cómo criar a tus hijos con amor (16 ediciones vendidas en España y editado en diversos países de habla hispana) para dejar en claro que hay diversos modos de ser pediatra y diferentes estilos de criar a los hijos. Y que padres y médicos pueden no estar de acuerdo.

Desde un lugar cuestionador y siempre disruptivo, el médico catalán Carlos González, de visita en Buenos Aires, desplegó sus ideas acerca de la crianza, el mundo del trabajo, el consumo y el lugar que los padres dan a los hijos entre sus prioridades.

Usted plantea el colecho, la lactancia a demanda y el cargar a los niños pequeños ante el menor llanto como prácticas recomendables de crianza, muy a contramano de lo que sostienen muchos pediatras. ¿Podría explicar su postura?

Esas regulaciones de la alimentación y de las formas de dormir son inventos de algún médico varón de fines del siglo XIX, que seguro escribió un libro sin consultar a su esposa. Pero que muchos médicos y madres después aplicaron porque estaba dicha por un médico y además, varón. Analicemos la historia de la humanidad y cómo ha sido la crianza de los niños: ¿de verdad creemos que en la Edad Media daban el pecho cada cuatro horas? ¿Cómo las contaban? ¿Quién tenía el reloj? ¿Medían con las campanadas de la iglesia? Y los diez minutos de cada lado, ¿cómo los contaban? Nadie lo hacía de este modo: hasta que se inventaron los relojes de pulsera no ha podido haber gente que diera el pecho cada cuatro horas. Imposible.

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