viernes, 29 de marzo de 2013

La respuesta a la separación


Madre jugando con su hijo-Pastel-1897
 Mary Cassatt  (1844-1926)
Museo Metropolitano, Nueva York, EEUU
En 1950, las Naciones Unidas encargaron a John Bowlby un informe sobre las necesidades de los niños huérfanos. Resultado de su trabajo es un libro que analiza el efecto de la separación en los niños, sobre todo a partir de la observación de niños ingresados en los hospitales, y de los niños de Londres que durante la guerra fueron separados de sus padres y evacuados al campo para huir de los bombardeos. Entre los efectos a corto plazo de la separación, era frecuente que el niño mostrase alguna de las siguientes reacciones:

—Cuando vuelve la madre, el niño se enfada con ella, o le niega el saludo y hace como si no la viera.
—El niño se muestra muy exigente con su madre o con las personas que le cuidan; pide atención todo el rato, quiere que todo se haga a su manera, tiene ataques de celos y tremendas rabietas.
—Se relaciona con cualquier adulto que tenga a mano, de una forma superficial pero aparentemente alegre.
—Apatía, pérdida de interés por las cosas, movimientos rítmicos (como si se meciera él solo), a veces dándose golpes con la cabeza.En algunos casos, esos movimientos rítmicos y golpes en la cabeza pueden ser normales. Así lo explica el Dr. Ferber (un gran partidario de enseñar a dormir a los niños dejándoles llorar un minuto, luego tres, luego cinco... En el resto del mundo suelen llamar «método Ferber» a lo que en España ha sido adaptado como «método Estivill»):
Muchos niños se dedican a algún tipo de conducta rítmica y repetitiva a la hora de acostarse, al despertarse a medianoche o por la mañana. Se mecen a cuatro patas, giran la cabeza a un lado y a otro, se golpean la cabeza contra la cabecera de sus camas o la dejan caer repetidamente sobre la almohada o el colchón. Por la noche, esto puede continuar hasta que caen dormidos, y por la mañana puede persistir hasta que están plenamente despiertos. [...] Cuando las conductas rítmicas comienzan antes de los dieciocho meses y desaparecen en su mayor parte antes de los tres o cuatro años, no suelen ser síntoma de problemas emocionales. En la mayor parte de los casos, los niños con tales hábitos están muy felices y sanos, y en sus familias no se advierte ningún problema ni tensión.

Llama la atención la doble vara de medir a la hora de decidir qué es o no una conducta normal: «Mi hija se despierta a medianoche...» «Claro, llora y llama a sus padres. Lo que tiene su hija es insomnio infantil por malos hábitos aprendidos; es una alteración del sueño que, si no se cura a tiempo, puede provocar graves secuelas psicológicas.» «No, no me ha entendido usted bien, doctor. Mi hija se despierta, pero no llora ni llama a nadie; sólo se da golpes con la cabeza en la pared. ¡Ah, bueno! Haber empezado por ahí. Si sólo se da golpes en la cabeza, es totalmente normal, y no hay por qué preocuparse. “Volviendo a Bowlby, nos recuerda que algunas de las más graves alteraciones observadas en los niños separados de sus madres, en orfanatos y hospitales, dan una falsa sensación de que todo va bien: Hay que hacer una advertencia especial sobre los niños que responden con apatía o con una conducta alegre e indiscriminadamente amistosa, puesto que las personas ignorantes de los principios de la salud mental suelen llevarse a engaño. Estos niños suelen ser tranquilos, obedientes, fáciles de manejar, bien educados y ordenados, y están físicamente sanos; muchos de ellos incluso parecen felices. Mientras permanezcan en la institución, no hay motivo aparente de preocupación; pero cuando la dejan se hace pedazos, y es evidente que su adaptación era superficial y no estaba basada en un verdadero crecimiento de la personalidad.

Pocos niños, por suerte, permanecen en una institución (hospital u orfanato). Pero muchos se ven separados de sus madres repetidamente unas horas cada día. El efecto no es tan terrible, desde luego, pero existen similitudes. Hay niños que parecen «tranquilos, obedientes..., incluso felices» en la guardería, pero rompen a llorar desesperados en cuanto salen. O que parecen adaptarse muy bien a dormir solos cada noche, pero «se hacen pedazos» en cuanto se abre una brecha en su aislamiento: Bastará con que una sola vez hagáis lo que el niño os pida —agua, una canción, darle la mano «un momento», brazos...— para que perdáis la partida: todo lo que hayáis logrado [«enseñando» al niño a dormir solo] se habrá esfumado.

Las consecuencias más graves se producen tras separaciones largas, de varios días .Pero también las separaciones breves tienen un efecto; de hecho, el método usado por los psicólogos para comprobar si la relación madre-hijo es normal es el «test de la situación extraña», en que se observa cómo reacciona un niño de un año cuando su madre se ausenta de la habitación y vuelve a los tres minutos. Los efectos de la separación son cada vez menos graves a medida que la edad del niño aumenta, como nos recuerda Bowlby: Mientras que hay razones para creer que todos los niños menores de tres años, y muchos de los que tienen entre tres y cinco, sufren con la deprivación, en el caso de aquéllos entre cinco y ocho es probablemente sólo una minoría, y surge la pregunta: ¿por qué unos y no otros?

Pues bien, ese factor que hace que unos niños soporten la separación mejor que otros es, según Bowlby, la relación previa con su madre. Una relación que tiene efectos aparentemente contrarios según la edad.

En los menores de tres años, cuanto mejor era la relación con la madre, más se altera la conducta del niño tras la separación. Los niños que ya eran maltratados o ignorados en su casa, apenas lloran cuando los llevan a un orfanato o a un hospital. Pero eso no significa que toleren mejor la pérdida, sino que ya no tenían casi nada que perder. No muestran la respuesta normal de un niño sano de su edad.

En cambio, entre los niños de cinco a ocho años, aquellos que han tenido una más sólida relación con la madre, los que recibían más mimos y pasaban más tiempo en brazos, son los que mejor soportan la separación. El estrecho contacto de los primeros años les ha dado la fuerza necesaria para soportar las adversidades, lo que hoy conocen los psicólogos como resiliencia.
Charles Dickens lo explicó ya muy bien hace siglo y medio:

Vio a los que habían sido cuidados con delicadeza y criados con ternura mantenerse alegres ante las privaciones y superar sufrimientos que hubieran aplastado a muchos de una madera más basta, porque llevaban en su seno los fundamentos de la felicidad, la satisfacción y la paz.
Papeles póstumos del club Pickwick

Afirma Bowlby que la relación, el vínculo afectivo que se establece entre madre e hijo, es el modelo para todas las relaciones afectivas que el individuo establecerá durante el resto de su vida. La relación con la madre se extiende luego al padre, los hermanos y otros familiares; a los amigos, compañeros y profesores; a la propia pareja y a los hijos.

Llegó a esta conclusión partiendo, no como otros muchos psiquiatras del estudio del adulto y sus borrosos recuerdos de la infancia, sino de la observación de los niños y de las crías de otras especies.
A lo largo de este libro vamos a aprovechar este paralelismo entre la relación madre—hijo y otros vínculos afectivos para explicar por analogía algunos aspectos del comportamiento infantil, recorriendo en sentido contrario el camino que recorrió Bowlby.

Muchas conductas que en los niños se atribuyen alegremente a «capricho», «teatro» o «malcriamiento» se aceptan como legítimas cuando las realiza un adulto. Debemos dejar claro, sin embargo, que estas analogías son puramente didácticas: lo que sabemos sobre la conducta de los niños no se ha averiguado observando a los adultos y haciendo deducciones, sino observando a los niños directamente.


Imagine que un domingo su marido y usted están en casa. Trajinando cada uno en sus cosas, se cruzan una docena de veces por el pasillo. ¿Se paran uno frente a otro, se saludan, se abrazan? Claro que no. La mayor parte de las veces se cruzan sin mirarse, sin decirse una palabra.

Ahora su marido sale a comprar el postre. ¿No dice «adiós cuando se va» y «¡ya estoy aquí!» cuando viene? Como apenas ha estado quince minutos fuera, es posible que usted ni siquiera se dirija a la puerta para recibirle, sino que siga haciendo sus cosas y le grite un «hola» desde lejos.

Al día siguiente, su marido vuelve del trabajo. Ha estado nueve horas fuera de casa.
¿No intenta usted ir a la puerta a saludarle? ¿No le ofrece un beso (y espera correspondencia)? ¿No es un poco más elaborado el ritual de salutación? Algo así como:
—Hola, cariño.
—Hola.
— ¿Cómo te ha ido?
—Bien.
En este momento, el marido medio escapa y se dirige a la televisión. Durante los primeros meses de casados, usted esperaba una explicación un poco más larga. Pero a estas alturas ha comprendido que los hombres son así y hay que aceptarlos.
Imagine ahora que su marido se va una semana a Nueva York en viaje de negocios.
A la vuelta, se desarrolla una escena habitual:
—Hola, cariño.
—Hola.
— ¿Cómo te ha ido?
—Bien.
Y se va a ver la tele... ¿Cómo se queda usted? ¿Se lo va a permitir?
— ¿Cómo que bien? ¡Pero cuéntame algo! ¿Qué has hecho? ¿Qué has visto? ¿Qué os daban de comer? ¿Subiste al Empire State? ¿Qué me has comprado? ¡Será posible, pasar una semana en Nueva York y no contar nada! ¡Dame un beso...! ¿Es que ya no me quieres?

La separación de dos personas unidas por un vínculo afectivo produce intranquilidad en ambas. Para volver a tranquilizarse necesitan un contacto físico y verbal especial (y a veces otras muestras de cariño y atención, como un regalo), contacto que será más largo y complejo cuanto más larga haya sido la separación. Si una de las personas niega ese contacto tranquilizador, la otra suele responder con más intranquilidad, y a veces con hostilidad. Al final, harán falta más palabras y más contacto para tranquilizarla (es decir, habrá que disculparse).

El primer ejemplo, encontrarse por el pasillo cuando los dos están en casa, no requiere un contacto especial, porque ni siquiera ha habido una separación. Los dos estaban en casa y, por tanto, estaban «juntos».
Sin embargo, entre un bebé y sus padres, la cosa cambia. Irse a otra habitación es para el niño una separación, porque no sabe a dónde se ha ido su madre. Tardará varios años en comprender que mamá está en la habitación de al lado y que por tanto «no se ha ido». Y la escala es diferente: unos minutos son para su hijo como varias horas, unas horas le parecen como días o meses, y unos metros le parecen kilómetros. ¿Comprende ahora por qué su hijo se pone a llorar en cuanto usted sale de la habitación, por qué cuando usted va a trabajar o cuando él ha estado en el hospital pide más brazos y más atención, por qué al salir de la guardería insiste en contarle con lengua de trapo lo que ha hecho, y le pide que le compre chuches?

A veces, el niño pide un caramelo, un helado o un juguete porque lo desea. No decimos, por supuesto, que le tenga que comprar todo lo que pide; eso dependerá de su economía, de su dieta (es decir, de cuántos helados y caramelos pida su hijo cada semana), de la cantidad de juguetes que tenga en casa y del caso que les haga... Lo que decimos en este libro es que si decide no darle lo que pide, sea por un motivo racional (porque ya tiene muchos juguetes, porque es muy caro, porque los caramelos son malos para los dientes...), pero no simplemente para «educarlo», para que «aprenda a no salirse con la suya», no le diga «no» a su hijo sólo para fastidiar.

Otras veces, en cambio, los niños piden golosinas o juguetes simplemente para «llamar la atención». Si a la salida del colegio sus padres no muestran suficiente interés por sus explicaciones, se impacientan ante su lengua de trapo, le corrigen continuamente en vez de escucharle con paciencia, le dan pocos besos y abrazos, se niegan a llevarle en brazos, o incluso le saludan con hostilidad (« ¡Qué manos llevas! ¿Es que no te lavas las manos antes de salir? ¡Pero mira cómo te has puesto los pantalones nuevos! ¡Y los botones de la bata! ¿Es que te crees que estoy yo aquí para coser botones todo el santo día?»), el niño probablemente pedirá todo lo que haya en el primer escaparate. Está pidiendo una prueba de amor. Una prueba de amor equivocada, pues el verdadero amor se demuestra con respeto, contacto y comprensión, no con regalos y golosinas.

Para los padres, este falso cariño consistente en la acumulación de bienes materiales puede resultar muy atractivo. El tiempo es oro, pero sólo hay veinticuatro horas en un día. Si tienes suficiente oro del otro, puede resultarte más «barato» comprarle a tu hija una muñeca que habla y camina que jugar con ella una hora al día con una muñeca normal. Y así, poco a poco, vamos «malcriando» al niño; es decir, enseñándole a dar más importancia a las cosas materiales que a los seres humanos. No es la simple acumulación de riquezas lo que produce el malcriamiento; los niños ricos tienen siempre más cosas que los pobres, y sin embargo hay pobres malcriados y ricos que no lo están. «Malcriar» significa «criar mal»; es decir, con poco cariño, pocos brazos, poco respeto, pocos mimos. Es imposible malcriar a un niño por hacerle mucho caso, cogerlo mucho en brazos, consolarle mucho cuando llora o jugar mucho con él.

Decíamos que el domingo, al cruzarse por el pasillo, no hace falta saludarse porque no ha habido separación. Pero si un matrimonio pasa un domingo entero sin cruzarse una palabra o una mirada, sin darse un beso o un abrazo, ¿no pensará usted que están al borde del divorcio? Incluso en compañía constante, dos personas unidas por un vínculo afectivo necesitan hacer algo juntos de vez en cuando. Si usted lo olvida, su hijo se lo recordará.

No quiere ir a la guardería En muchas separaciones cotidianas se observan efectos similares a los descritos por Bowlby, y tanto madres como profesionales continúan interpretando mal los hechos.
Susana nos escribe cómo reacciona su hijo ante la separación:
Ramón empezó la semana pasada la guardería. Tiene casi dos años y nunca había ido; bueno, dos meses el año pasado, nada más... El tema es que desde que ha empezado a ir, concretamente desde el segundo día, me está sometiendo a un chantaje emocional descarado. Y eso me está dejando «agotada». Se despierta alegre, como siempre, desayuna, ve los dibujos de por la mañana y entonces..., hala..., a decir sin parar: «mami, colé no; mami, colé no...»; así puede estar hasta media hora. Y con cara de pena, claro. De camino a la guarde, bien, hasta que la ve. Ahí sí empieza la función teatral: «mami, un paseso (paseo); mami guapa; mami, colé no; mami, besos; mami, mimos; mami, vamos; a casa a dormir...», acompañado, eso sí, de lágrimas de cocodrilo y cara de pena... Al cogerle su «seño» es como si le estuvieran matando; pobrecillo, cómo llora..., y yo, pues, con las lágrimas a punto de asomar. Me voy a casa hecha un «asquito». Me siento mal, me replanteo la situación, pienso si hice bien, pienso que sí, que necesito tiempo para buscar trabajo, que le vendrá bien... (eso todos los días desde el lunes pasado). Bueno, a la una menos cuarto estoy allí ya, pobre, para que no llore más..., y, ¿qué veo? Está jugando, tan alegre, con los niños. Y sin ojeras, o sea, que no ha llorado apenas. Pero..., cuando me ve..., hala..., «mami, a upa; mami, a casa; mami colé no...». Otra vez lo mismo, ya sin lágrimas. Entonces la directora me cuenta, muerta de risa, que no ha llorado en toda la mañana, que según me fui se le pasó, que como mucho pregunta: « ¿dónde está mami?».

Es lo mismo cada día. Por las tardes en casa es horrible. Sólo quiere estar conmigo, no puedo ir ni al baño sin oírle llamarme y lloriquear. Por la noche, si se despierta y va su padre, dice que mami. Si voy a comprar tiene que ser con él...

Ramón muestra varias reacciones típicas ante la separación: pegarse como una lapa a su madre y exigir atención continua, mostrarse aparentemente tranquilo y colaborador cuando está en la guardería, desmoronarse en cuanto sale de ella... Parece que es precisamente el hecho de que no llore en la guardería lo que convence a la madre de que todo es «cuento». ¿Qué necesitaría esta madre para comprender que su hijo sufre de verdad? ¿Que llore sin parar todas las horas que está en la guardería? Nadie llora tanto.
Ante las mayores desgracias y calamidades, el ser humano llora un rato y luego sigue adelante. La gente no llora todo el rato ni en los funerales, ni en los hospitales, ni en la cárcel, ni en el campo de concentración. El que dejen de llorar, incluso el que «saquen pecho» e intenten soportar con entereza su situación, no significa que hayan dejado de sufrir.

Vimos más atrás cómo, entre los menores de tres años, son precisamente los que mejor relación tienen con su madre los que muestran más sufrimiento al separarse. La espectacular reacción de Ramón nos demuestra, precisamente, que quiere mucho a su madre y que ella le había tratado siempre muy bien. ¡Lástima que Susana no lo sepa!

Lo trágico del caso es que esta incomprensión puede aumentar el sufrimiento. Lo ideal, no nos engañemos, sería que Ramón no fuera a la guardería hasta dentro de unos meses. Pero eso no siempre es posible; Susana necesita buscar trabajo, y no puede dejar de llevar a su hijo a la guardería. No, no es el fin del mundo. Es una separación relativamente corta que se puede compensar. Ramón le está explicando a su madre cómo compensar la separación, cómo sanar la herida: le pide que pase con él toda la tarde, que acuda por la noche cuando él la llama (sospechamos que preferiría directamente dormir con ella), que le lleve cuando vaya a comprar, que le dé muchos brazos y muchos mimos. Susana podría darle todo esto y sentirse mejor al hacerlo, y sanar también la herida que ella misma sufre con la separación. Pero la maestra (teóricamente una experta en educación infantil) tampoco sabe reconocer los efectos de la separación en un niño de esta edad, y se ha reído del sufrimiento del niño. Susana ha tomado, trágicamente, el camino opuesto: en vez de admitir que su hijo sufre de verdad, en vez de apretarlo contra su corazón y sentir rabia contra el sistema económico que la obliga a buscar trabajo con un niño tan pequeño, está intentando convencerse a sí misma de que el sufrimiento de su hijo es teatro y sus lágrimas son de cocodrilo. Susana siente ahora rabia contra su propio hijo, le acusa de practicar el chantaje emocional. ¿Cómo podrán ahora recuperar o compensar lo perdido?

Fuente: Bésame mucho cómo criar a tus hijos con amor Carlos González, La respuesta a la separación. Páginas 30, 31, 32, 33, 34, 35, 36

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