jueves, 10 de enero de 2013

Los jueces miopes, por Sergio Sinay


Domingo 10 de enero de 2010 | Publicado en edición impresa
Oxígeno / Diálogos del alma
Señor Sinay: Nada más tentador que ser juez. Más aún cuando para ello sólo es necesario emitir opiniones, sin mediar exámenes ni títulos habilitadores. Algo que para aquellos que desean ocupar espacios a mansalva es tan tentador como la manzana del árbol del bien y del mal. Es tanta la arrogancia que los alimenta que no les permite entrever que por sus juicios también van a ser juzgados. 
Nadie escapa a esto. A estos sujetos los seduce la idea de ocupar posiciones determinantes, postergando sus propias responsabilidades y haciéndose los distraídos sobre su propio legajo. Pero en el juicio que a todos nos espera, donde no hay abogados defensores, jurados ni fiscales, ni siquiera alegatos y menos aún fianzas, los veredictos son instantáneos. Sólo participa, ante un hacedor insobornable, el ser que construimos. Federico Hellman

Se cuenta que un hombre que sufría de miopía visitó una muestra de pintura acompañado por su esposa. El individuo había olvidado sus anteojos en casa, pero aun así no quiso perderse la exhibición. Fue, entonces, de cuadro en cuadro emitiendo sus opiniones, casi siempre críticas, hasta que se detuvo ante lo que aparecía como un retrato de cuerpo entero. Y allí se despachó: "Este marco es incorrecto para el cuadro, el personaje está horriblemente vestido, no hay armonía. Es un error sin solución haber elegido como modelo a semejante sujeto, es casi una falta de respeto al espectador". Fue en ese momento cuando su esposa, tocándole discretamente el brazo, le dijo: "Querido, no es un cuadro, estás parado frente a un espejo".
En cierto sentido, todos somos miopes. O sea, nadie es perfecto. Quizás el problema no esté en nuestra proclividad a juzgar, ya que juzgar es evaluar y, desde el momento en que tenemos conciencia, evaluamos. Decía Kant que juzgar es pensar y que sólo se piensa a partir de la existencia de, al menos, dos ideas diferentes. Allí hay ya, inexorablemente, una valoración. Hay situaciones de la vida en las que juzgar es inevitable. Un maestro juzga a un alumno, también lo hace un jurado artístico, literario, deportivo o judicial. Juzga el crítico en una determinada actividad.
El problema, entonces, consiste en confundir nuestro juicio, nuestra percepción, nuestra sensación, nuestro sentimiento, nuestra creencia y nuestra visión, con una verdad objetiva, única y aplicable sobre todo a los otros. Cuando creemos que sabemos cómo deben actuar los demás, qué deberían hacer, nos convertimos en moralistas. Mientras una conducta moral es aquella en la cual la persona hace lo que siente que debe hacer (no lo hace por temor o por un reconocimiento y lo hace aun contra sus conveniencias), una actitud moralista es aquella en la cual se vive determinando qué deben hacer los otros. Y, como consecuencia, se los juzga implacablemente.
Cuando emite sus juicios, el moralista suele olvidar dos cosas: que es miope y que no tiene los anteojos puestos. Como bien apunta nuestro amigo Federico, es un juez que olvida su propio legajo. Esto es lo grave, porque lo convierte en el único justo en un mundo de pecadores. Los demás pasan a ser los receptáculos en los que él deposita sus propias y negadas imperfecciones. Acaso el mejor juez no sea el que aplica técnica y fríamente la ley desentendiéndose de las consecuencias que produce ese acto humano (pues él, la ley y el infractor son humanos), sino el que puede preguntarse cómo será calzar los zapatos del enjuiciado. Quizás esta pregunta no modifique la sentencia, pero permitirá darle un contexto y un seguimiento más trascendentes. Esto vale para los tribunales judiciales y para los de la vida.
El que emite un juicio o una valoración es siempre un ser humano; su sentencia llevará la impronta de sus vivencias, de sus sentimientos, de sus prejuicios. Aun cuando nos pongamos nuestros anteojos, la coloratura del cristal teñirá aquello que vemos. En la experiencia humana no hay cristales neutros o sin color. Olvidar esto es abrir las puertas al dogmatismo, a la intolerancia, al fundamentalismo, tanto en lo colectivo y social como en lo íntimo e individual.
Juzgar a los demás es a veces una manera de postergar evaluaciones acerca de nosotros mismos que están pendientes. Puede ser, de ese modo, una manera de anestesiar momentáneamente nuestra conciencia. Pero ella se empeñará en despertar, y cuando lo haga será el juez ante el que deberemos acudir.



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